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martes, 22 de febrero de 2011

LA NUEVA CASA

 
El agite era evidente mientras nos preparábamos para la mudanza. "¡Cuidado con eso, no vayan a dañarlo!" advertía la Abuelita, mientras todas nuestras pertenencias eran cargadas en el camión. El baúl azul que contenía libros de derecho, apuntes periodísticos, convivía con ejemplares de "Los Miserables" y "Los Tres Mosqueteros". Una antigua máquina Remington del Abuelito compartía espacio con la olla pitadora y el molino de maíz para las arepas de la Abuelita. Incluso la muñeca de cabellos dorados se unía al desorden dentro del camión de mudanzas. Nos estábamos mudando a nuestra nueva casa, la que el Abuelito había adquirido.

La Abuelita se sentó en la cabina del conductor junto al chofer. "¿Estás segura de que es por aquí, señora?" preguntó él. "Claro, aquí tengo la dirección y todo", respondió la Abuelita con una expresión radiante de felicidad. Vestida con un bonito vestido blanco de lunares negros, iba rumbo a nuestra nueva casa, una casa propia. Se la veía realmente feliz.

La entrada al barrio era un estrecho y sinuoso camino. A la izquierda, el extraño nombre de "Pacheli", como luego descubriríamos. Pronto lo dejaríamos atrás al cruzar un pequeño puente y girar a la derecha. A mitad de cuadra, a la izquierda, se encontraba nuestra nueva casa.

Finalmente, estábamos frente a la nueva casa, una encantadora casita de techos rojos intensos y ladrillos de adoquines esmaltados. Dos amplias ventanas de vidrio, una rareza en aquel entonces, se encontraban a cada lado. A la derecha de la entrada, había una jardinera que más tarde sería tapada y convertida en un improvisado asiento. Las paredes interiores eran blancas como una novia y los pisos de baldosas rojas, todo era una preciosidad.

Al entrar, la sala daba acceso a un corredor con tres habitaciones y un baño a la derecha. Frente a la sala se encontraba el comedor y más allá, la cocina. Pero lo mejor estaba más adentro: un inmenso patio de tierra. "Aquí podemos sembrar un árbol grande", dijo el Abuelito. "Podemos tener gallinas y patos", agregó la Abuelita. "Miren atrás, podemos hacer un estanque para peces y patos", comentó el tío León. "Hay que quitar la maleza", dijo Vladimir. "La Mona" y yo no podíamos contener nuestra alegría. No cambiaríamos este momento por nada en el mundo. Un mundo entero de aventuras nos esperaba. La casa se llenaba de vecinos que venían a dar la bienvenida. "Si necesitan algo, estamos a su disposición", decían. Yo soy Carmen, somos los vecinos de al lado. Por cierto, recuerdo que la familia de esta señora tenía los nombres más extraños que jamás había escuchado. Erdigardis era, por ejemplo, la joya de la corona en nombres raros.

"¡Ayuden, muchachos! Hay que armar las camas. Este es el cuarto de las Señoritas, y los niños dormirán aquí", indicaba la Abuelita, dirigiendo todo como una capitana a bordo de un barco. Nada escapaba a su atento ojo. Finalmente, todo estaba en su sitio. Por ahora. Salimos nuevamente al patio y después de una inspección, se decidió que necesitaríamos un cobertizo para protegernos de la lluvia cuando laváramos la ropa. También tendríamos que levantar un muro para separar la cocina. "No se olviden del gallinero", apuntó la Abuelita, "y del estanque para los patos. Sí, también necesitamos comprar un pisco", agregó alguien.

Así, todos nos sentamos alrededor de la mesa, disfrutando de chocolate con arepas, y así concluyó el primer día en nuestra nueva casa.


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