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martes, 22 de febrero de 2011

ASTETE Y CARREÑO

 En un soleado día, con la raya en la mitad del cabello para que se vea bien el partido, vestido con una camisa blanca impecable y pantalón azul, me apresuro hacia casa desde la salida del barrio. El joven cura de la capilla ha acondicionado un espacio junto a las buenas señoras de los barrios vecinos, convirtiéndolo en una improvisada tribuna desde la cual impartirá enseñanzas sobre la palabra divina a los futuros feligreses.

Tras acariciarnos suavemente la cabeza, el cura se dirige al estrado y nos habla, queridos niños, de emprender un camino hacia el conocimiento de nuestro señor Jesucristo. ¿Hay alguien aquí que lo conozca?

Solo se escucha el aleteo de una mosca, pero nadie dice ni mu.

"Bueno, me aturden con su silencio", exclama.

"Les presento a este caballero en esta cruz, el no suficientemente bien ponderado hijo de Dios".

Luego pregunta nuevamente, ¿alguien en la concurrencia ha hablado con Dios?

Nuevamente el silencio sepulcral se acentúa en el recinto. Parece que nadie de la concurrencia ha conocido a tan espléndido señor. Pues bien, parece que seré yo quien tenga el placer de presentárselos.

Pero les adelanto que hablar con él es muy fácil. Basta con decir "Querido Dios" y él inmediatamente presta atención, porque es un señor muy educado y nos escucha a todos, sin importar la hora ni el motivo del llamado. Lo mejor es que siempre responde a nuestras preguntas, aunque a veces no logremos entenderlo. Como saben, mis queridos amiguitos, cuando tratamos con personas mayores, debemos tener algunas cosas claras para mostrar respeto y buena educación, no porque él lo necesite, ya que él no mendiga oraciones como algunas personas piensan erróneamente. No pide que andemos de rodillas todo el tiempo, él está por encima de esas cosas, pero es de muy buena educación orarle y mostrar nuestro agradecimiento. Todos sabemos que una persona agradecida siempre es bien atendida, enfatizó el cura.

Aquí vamos entonces a aprender todas las buenas normas para hablar con Dios y su hijo, lo llamamos el catecismo. Fue escrito por un sacerdote de apellido Astete y nos servirá para aprender estas normas de buena educación para comunicarnos con él.

El cura saca un pequeño libro de su sotana, forrado en papel de regalo con flores rosadas, y comienza diciendo:

"Vamos a aprender una pequeña oración que es agradable a sus oídos, pues fue hecha por el amor de su hijo Jesucristo. Cierren los ojos y repitan conmigo".

"Padre nuestro que estás en los cielos,
Santificado sea tu nombre,
Venga a nosotros tu reino,
Hágase tu voluntad
Así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
Y perdona nuestras ofensas
Así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden,
No nos dejes caer en la tentación,
Líbranos de todo mal.
Amén".

"Amiguitos, ya que nos pusimos en sintonía, con recias voces saludando a Dios, quiero enseñarles algo verdaderamente mágico: los Diez Mandamientos".

"¿Qué dije?", pregunta el cura.

Todos respondemos al unísono: "Los Diez Mandamientos, padre".

"Muy bien, veo que estamos animados. ¿Alguien sabe cuáles son los Diez Mandamientos?"

"Amar a Dios sobre todas las cosas", responde alguien.

"Excelente, excelente", el cura asiente.

"¿Alguien recuerda otro mandamiento?", pregunta, esperando una respuesta.

"No jurar su santo nombre en vano", dice alguien desde atrás.

"Ya llevamos dos. Otro, por favor, que me digan el tercero", insta el cura.

"Santificar las fiestas", responde alguien con determinación.

"SANTIFICAR LAS FIESTAS", repite el cura con énfasis.

"Otro, otro, otro", pide el cura entusiasmado.

"Honrar padre y madre, ese sí que es bonito. ¿Alguien recuerda otro?", pregunta, buscando una respuesta.

Silencio. No se escucha ni una palabra. "Bueno, yo les voy a ayudar y los repetimos juntos", propone el cura.

El quinto, no matar.
El sexto, no fornicar.
El séptimo, no hurtar.
El octavo, no levantar falso testimonio, ni mentir.
El noveno, no desear la mujer de tu prójimo.
El décimo, no codiciar los bienes ajenos

Los mandamientos nos fueron dados por Dios, para que pudiéramos agradarle a él y ayudarnos a vivir en paz con nuestro prójimo y prójima dijo sonriendo, proteger la vida que es sagrada, la celebración comunitarias de las fiestas, el deber conyugal, la defensa de la verdad ante las injusticias, pero no basta con saberse los mandamientos como un loro, hay que entenderlos, saber lo que dicen, cuando se aplican, pero sobre todo hay que practicarlos y vivirlos
Abriendo el libro de florecitas dijo así:

Al frente de cada renglón van a encontrar una P, con esto se indica que nos están preguntado algo, inmediatamente después una R, con lo cual se nos está diciendo que debemos responder
Empecemos,
Leyó el catequista algunas frases del librito.

Pregunto: ¿Sois cristiano?

Respondo: Sí, por la gracia de Dios.
P.: Ese nombre de cristiano, ¿de quién le hubisteis? R: De Cristo nuestro Señor.
P.: ¿Qué quiere decir cristiano? R.: Hombre de Cristo.
P.: ¿Qué entendéis por hombre de Cristo? R: Hombre que tiene la fe de Jesucristo, que profesó en el Bautismo, y está ofrecido a su santo servicio.
P.: ¿Cuál es la señal del cristiano? R: La santa Cruz.
P.: ¿Por qué?
R: Porque es figura de Cristo crucificado, que en ella nos redimió.
P.: ¿En cuántas maneras usa el cristiano esta señal? R: En dos.

Estas son algunas de sus enseñanzas.
Los espero el próximo sábado a esta misma hora y no se les olvide decirles a sus padres que les compre el catecismo de Astete, nos recomendó el padre.
Más tarde en la casa la Abuelita, me preguntó que como me había ido. Que nos había enseñado el sacerdote.

Los mandamientos nos fueron dados por Dios, para que pudiéramos agradar le a él y ayudarnos a vivir en paz con nuestro prójimo y prójima dijo sonriendo, proteger la vida que es sagrada, la celebración comunitarias de las fiestas, el deber conyugal, la defensa de la verdad ante las injusticias, pero no basta con saberse los mandamientos como un loro, hay que entenderlos, saber lo que dicen, cuando se aplican, pero sobre todo hay que practicarlos y vivirlos.

Más tarde en la casa la Abuelita, me preguntó que como me había ido, que nos había enseñado el sacerdote.

Les expliqué lo de los 10 mandamientos y la oración que El hijo de Dios había hecho para su papá, además que algunas normas de educación para hablar con Dios, estaban en ese libro que debíamos comprar para la próxima semana y que nos deberíamos aprender los 10 mandamientos de memoria, ya que en próxima reunión nos  iban a explicar que significaban, anticipó eso sí, que un pecado muy común era el mentir, que era muy delicado pues el que miente es capaz de robar e incluso de matar.

Ella sonrió y me dijo, las reglas de educación y el catecismo son muy importantes en la vida humana, ojala todas las personas tuvieran la oportunidad de conocerlas, no importa que luego cambiaran de religión, aún así las enseñanzas básicas sirven en cualquier lugar y momento de la vida, te aseguro que la vida mejoraría y no poco si así fuera.

Te voy hablar de la urbanidad porque ya te explicaron sobre el catecismo, hay un libro que se llama la urbanidad de Carreño, que enseña , el comportamiento de las personas en diferentes situaciones, a eso se le llama urbanidad.

Yo pienso que la urbanidad , establece como debe ser el comportamiento de manera anticipada , si las personas las conocieran y las practicaran serían muchos los disgustos que se evitaría.

Las reglas , definen claramente el compartamiento sociales, así se sabe quién debe pasar primero por una puerta y evita que nos choquemos al tratar de pasar todos al mismo tiempo, también como colocar el plato al tomar sopa evita que nos la echemos encima.

Sin embargo las personas nos hacemos los locos con esto, entonces lo que no se hace por gusto tiene que hacerse a disgusto, como son las reglas de tránsito, que si las olvidas ya no te regañan sino que te multan. No hay un dolor más grande que el del bolsillo, cosa que comprenderás cuando seas grande.

A propósito ya estoy grande y cuánta razón tenía la Abuelita. Como duele un golpe en el bolsillo, y más si es un parte de tránsito.

Hay un chiste me comentó, ajustándose las gafas, pues su respingona nariz, no parecía ser suficiente soporte para mantenerlas en su lugar; continúa diciendo la abuelita, el chiste ilustra como las personas encontramos excusas para todo lo que no nos proporcione alguna ventaja, esto ha hecho que se estén olvidando las reglas de urbanidad.

Una señora embarazada se sube al bus, y mira a su alrededor, todo el bus está lleno de señores, pero ninguno se "acomide" a cederle el puesto, ella enojada, exclama, 
"Se acabaron los caballeros", y alguno de los pasajeros contesta.

"No señora lo que se acabaron fueron los puestos."

Mijo,  siempre tendremos una palabra en la boca, para justificarnos ante todos, pero principalmente ante nosotros mismos y como se nos olvida la urbanidad, que en este punto enseña de manera clara que a una señora en embarazo SIEMPRE, y enfatizo, SIEMPRE se le debe dar el puesto, no importa que quien se lo ceda sea hombre o mujer.
Porque lo cortés no quita lo valiente, y deberás en el futuro tener eso en cuenta

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