Un clamor resonó en la puerta: "Doña Inés, Doña Inés, venga rápido, Vladimir mató al Chero". Todos escuchamos esas palabras, sin entender realmente su significado. La Abuelita simplemente dijo: "Ay, mijo", y salió corriendo, seguida de todos nosotros. En la esquina, en el suelo y en un charco de sangre, yacía un joven, casi un niño, conocido como el "Chero". El apodo provenía del oficio de su padre, quien vendía arracachas, convirtiéndose así en el arracachero o simplemente el "Chero".
"¿Qué pasó? ¿Qué pasó?", preguntaban todos angustiados. Alguien respondió: "Vladimir le clavó una navaja al 'Chero'". La confusión reinaba entre nosotros. "Pero, ¿por qué?", preguntó alguien más. "Estaban jugando con una navaja a ver quién pulsaba más fuerte, y el Chero perdió. Vladimir tiene mucha fuerza", explicó otro.
La policía llegó al lugar, cubrió el cuerpo con una sábana blanca y acordonó la escena. Al final, se concluyó que todo había sido un desafortunado accidente provocado por la imprudencia de esos jóvenes.
De la misma forma en que salimos apresuradamente de la casa, tomamos un autobús en la esquina que nos llevó a la casa de las tias de apellido "Cuartas". Allí, unas señoras entristecidas recibieron cordialmente a Inesita. Ya habían sido informadas previamente por una llamada anticipada.
Todo el mundo hablaba en voz baja sobre lo sucedido, y ella no podía responder. Estaba pálida, abatida. Nunca en mi vida, ni antes ni después, vi a una persona tan desamparada.
Esa noche dormimos en camas improvisadas en el suelo, rodeados de atenciones por parte de esas buenas personas. Sin embargo, la Abuelita apenas pudo dormir. En la oscuridad de la noche, se escuchaban sus sollozos.
Al amanecer, como si nada hubiera ocurrido, ella se levantó y retomó sus tareas habituales. Moviéndose, riendo y conversando como siempre. Las buenas señoras apenas se miraban entre sí, preguntándose qué estaba sucediendo.
Estos acontecimientos marcaron la vida de muchas personas. El tío Vladimir ya no era el mismo. A partir de entonces, se volvió un joven temperamental y rebelde. No todos los días te enfrentas a una situación similar a la que le tocó vivir. En esa época, no existían terapias para adolescentes ni grupos de apoyo. El tema era tabú y él tuvo que llevar esa pesada carga emocional y psicológica solo.
La Abuelita, con todas sus fuerzas, intentó llevar adelante a su familia. Ante todos, aparentaba que nada había sucedido. Absorbió la tragedia y se fortaleció. A partir de ese momento, tomó las riendas de nuestras vidas, convirtiéndose en el pilar de nuestra familia. El espíritu de la Abuelita se fortaleció en el crisol del dolor
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