Cada vez que podía, me escapaba a la alcoba del abuelo y observaba maravillado cómo sus ágiles dedos se desplazaban rápidamente sobre la máquina de escribir, preparando un memorial o cualquier otro artículo. El repiqueteo de las teclas parecía interpretar una melodía que me cautivaba durante horas, viendo cómo el papel se llenaba de letras como por arte de magia. Con un "zas", el abuelo retiraba una hoja, "click, click", otra hoja y nuevamente el tecleo continuaba.
En la cabecera de la cama de la abuelita, reposaba un gran libro de medicina que oficiaba como la "biblia" para todos los problemas de salud de nuestra familia, el vecindario y los alrededores. Se daba por sentado que la abuelita era una médica sin título, y yo aprovechaba la ocasión para admirar los hermosos dibujos y las ilustraciones coloridas que adornaban sus páginas. Cada vez que la abuelita consultaba el "Médico del Hogar", mi curiosidad se desbordaba al ver cómo extraían información de esos cofres encantados del conocimiento, a los cuales yo apenas podía acceder. Preguntaba acerca de todo lo que veía, y tía Lucero me cantaba: "Juanito pregunta con deseos de saber", mientras bromeábamos acerca de las cosas que, a mi corta edad, no podía comprender del todo.
Un buen día, mientras me encontraba recostado en la cama de la abuelita, observando a las crías de gatitos que "Doña Gata" había tenido, mi abuelito apareció con un magazín infantil que contenía las historias de Michín, el gato bandido, y sus amigos. Aquello encendió aún más mi curiosidad, ahora tenía un libro propio, aunque no fuera tan completo como uno de verdad. Pedía a todos que me leyeran algo y, seguramente, ya me veían aferrado al famoso magazín, corriendo detrás de cualquier persona dispuesta a compartir un fragmento de su contenido. Ante esta situación, la abuelita decidió tomar cartas en el asunto. Un día llegó con un libro de cuentos llamado "Doña Minina y sus gatitos". Lo recuerdo como si fuera ayer: un pequeño y primoroso libro de pastas duras, finamente ilustrado con letras grandes y unos gatitos peludos y panzones en la portada.
"Vamos a aprender a leer", dijo la abuelita con su voz cantarina. "Ya no tendrás que depender de nadie para que te diga lo que hay en los libros". Y así, todos los días, alrededor de las cinco de la tarde, me encontraba junto a ella en la cocina, mientras preparaba la cena y escuchábamos alguna novela de moda en la radio. Poco a poco, fui juntando las letras, y ella, con infinita paciencia, me corregía y enseñaba. "Esta es una forma de solucionar un problema", decía la abuelita. "Al toro por los cuernos, así se hace". Creo que ya lo estaba poniendo en práctica.
EL KINDER.
Finalmente, llegó el esperado día: mi primer día de clases. Una niña que vivía cerca de nosotros, y que también estudiaba en el mismo colegio, vendría a recogerme para llevarnos juntos al puente donde el bus escolar nos esperaba. Al divisar el bus escolar, un hermoso vehículo azul oscuro, reluciente como si acabara de salir del taller, con líneas amarillas en los costados y un gran letrero en el vidrio delantero que decía "COLEGIO", mi nerviosismo aumentó. El conductor, un señor muy amable con una amplia sonrisa, nos saludó y nos instó a apresurarnos, diciendo: "Vamos, niños, el colegio nos espera".
En el bus, nos encontramos con otros niños de distintas edades, y el bullicio era ensordecedor. A pesar de los repetidos llamados al silencio por parte de una monjita encargada del transporte, parecía que todos éramos sordos. El bus se asemejaba a una plaza de mercado. La mayoría de los niños se saludaba efusivamente, puesto que habían estado de vacaciones y no se habían visto en los últimos dos meses. Intentaban ponerse al día con sus viajes, travesuras y regalos traídos por el Niño Dios.
Como yo no conocía a nadie, excepto a la vecina que me llevó al bus y que tenía sus propias amistades, no tenía con quién hablar. Así que hice como el loro del señor, observando con ojos bien abiertos, pero sin decir nada. Mientras el bus escolar recorría su ruta, recogiendo niños en diferentes paradas y dejando a algunos en un colegio y a otros en nuestro destino final, seguí maravillado por la diversidad de compañeros que iban subiendo.
Nos formaron en un patio amplio, repleto de plantas y flores por todas partes. Allí nos presentaron a las monjitas vestidas de blanco y a las maestras que serían nuestras directoras de grupo. Nos organizaron en filas según nuestros grados: los que iban al kínder por un lado y los de primero por otro. Nos pidieron que nos colocáramos en orden de estatura, por favor.
Luego nos llevaron al aula de clases, donde la maestra empezó a pasar lista y a ubicarnos en los pupitres de madera pulida con dos puestos y tapa abatible, al frente de la clase. En el gran tablero verde se leía con letras de tiza: "FELIZ PRIMER DÍA DE CLASES". El escritorio de la maestra, un bonito mueble gris con un pequeño florero en el centro, se encontraba al lado. Después de finalizar la ubicación, la maestra se presentó: "Yo soy la señorita Cecilia, voy a ser su maestra". En aquellos tiempos, la maestra era "la maestra", no "la profe", y las palabras "por favor" parecían ser su frase recurrente, ya que todo lo que decía terminaba con esa solicitud.
La maestra nos entregó a cada uno un cartoncito con letras grandes y nos dijo que debíamos aprender a escribir nuestros nombres, ya que allí estaba escrito. A partir de ese día, debíamos poner nuestro nombre en todas las cosas que hiciéramos, una especie de "firma" que nos identificaría. Era una razón emocionante para aprender a escribir. Además, nos dio un papelito con la lista de útiles escolares y nos pidió que los lleváramos todos para el próximo lunes.
Aunque me sentía un poco desubicado al principio, ya que no conocía a nadie y mis amigos del barrio no estaban allí, la amabilidad de las personas del colegio y el buen clima hicieron que rápidamente nos sintiéramos cómodos y entabláramos amistades. Para el mediodía, ya estábamos jugando en el patio y formando pequeños grupos de amigos.
Cuando regresé a casa, la Abuelita me bombardeó con preguntas sobre cómo me había gustado el colegio, cómo había sido el bus, cómo eran las profesoras. Quería saberlo todo, ya que también era una novedad para ella, su primer nieto en el colegio. Fuimos juntos a las tiendas de útiles escolares, escogiendo los libros, los cuadernos y una linda cajita de colores con 12 unidades, aunque en la lista solo decía 6 colores. No sé quién disfrutó más en esa experiencia, si la Abuelita o yo. Era como si ella misma fuera a la escuela.
Miraba con cariño el libro de "Coquito", utilizado para aprender a leer, como si fuera su primer libro. Nos tomamos mucho tiempo tratando de seleccionar el termo en el que llevaría el jugo para la media mañana, algo similar a lo que hoy llaman "lonchera". Un termo en forma de litro de leche, con estuche de cuero, la enamoró. Además, me compró un pequeño mapamundi para que aprendiera dónde estaban los países y sus capitales, y un borrador de color azul y blanco que, según ella, evitaba ensuciar el cuaderno al borrar. También adquirimos un sacapuntas en forma de perrito. Observándola, y desde mi perspectiva actual, puedo afirmar sin temor a equivocarme que los seres humanos no dejamos de ser niños, aunque los juguetes sean más caros.
Ojalá no olvidáramos disfrutar de las cosas simples y mostrar entusiasmo por ellas, tal como la Abuelita era capaz de hacerlo.
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