Linterna verde, Superman, Batman, La Mujer Maravilla, el Llanero Solitario, Tribilín, Mr. Mortis... todos ellos desfilaban ante mis ojos maravillados mientras el dueño de la tienda extendía un montón enorme de revistas frente a mí. La Abuelita me decía que eligiera unas cinco para llevar a casa, pero eran tantas y tan coloridas que no podía decidirme. Me quedé paralizado, las tocaba, las escogía, las volvía a colocar; la emoción era abrumadora.
Sin embargo, la Abuelita vino al rescate y me dijo que eligiera las que más me gustaran, sin importar cuáles. Después, podríamos llevar las que comprara de vuelta al señor y cambiarlas por otras que quisiera leer. Un mundo nuevo se abrió en mi mente.
Llevamos las primeras revistas a casa y en un abrir y cerrar de ojos ya las había leído todas. Estaba listo para cambiarlas, pero había un problema: esto, como todo en la vida, era un negocio, y debía pagarle al señor una pequeña cantidad para que me diera otras revistas a cambio de las mías. Entonces pensé: "Así que esto es cómo funciona". La Abuelita cubrió el costo del primer intercambio, pero yo me preguntaba cómo haría para seguir cambiando revistas, ya que no podía esperar que la Abuelita me diera dinero todos los días. Pasé la noche pensando en ello...
Al día siguiente, tenía la solución. Decidí alquilar las revistas a otras personas por una pequeña cantidad. De esta manera, las personas podían leer las revistas sin tener que comprarlas, y yo ganaba dinero para comprar más y cambiarlas por las que tenía.
Así que, con las cuatro o cinco revistas que tenía, fui donde mis amigos y les propuse que me alquilaran las revistas. ¡Y funcionó! No podía creerlo, me pagaban por leer mis propias revistas. En pocos días, tenía suficiente dinero para aumentar la variedad y cantidad de mi inventario y cambiar las que ya había leído.
La Abuelita, que no era tonta ni perezosa, vio la oportunidad y se asoció conmigo. Decidimos montar un negocio formal de alquiler de revistas. Utilizamos algunos ahorros que tenía y fuimos a los grandes proveedores de revistas. Hablamos con los dueños y el negocio estaba en marcha. La clave era que no necesitábamos comprar todas las revistas de una vez, sino que podíamos alquilarlas de los mayoristas pagando un pequeño depósito. Teníamos las revistas durante 8 días, las alquilábamos dos o tres veces y luego las cambiábamos de nuevo. Manteníamos la mercancía en rotación sin arriesgar todo nuestro capital. Lo que necesitábamos era una clientela cautiva, y eso fue exactamente en lo que nos enfocamos la Abuelita y yo: conseguir clientes.
Colocamos un expositor en el pasillo de nuestra casa con las últimas novedades. La Abuelita se dio cuenta astutamente de que las novelas de amor eran lo más solicitado, así que agregamos títulos como Corín Tellado, Selene, Mi Amor y Yo a nuestra oferta. Pronto, nuestro negocio se llenó de lindas jovencitas que alquilaban revistas de amor. Se convirtieron en nuestro público principal. Ya no teníamos que ir a cambiar las revistas a los mayoristas, porque ahora ellos mismos nos entregaban lo mejor de su inventario personalmente. La Abuelita sabía cómo atenderlos especialmente. Recuerdo a uno de ellos llamado William, que solía aparecer cada fin de semana alrededor de las seis de la tarde, diciendo: 'Por aquí voy llegando, señora María Rosa'. Aunque en ese momento no entendía la referencia, ya que la Abuelita se llamaba Inés, más tarde supe que era una canción. El buen señor disfrutaba charlando durante horas con la Abuelita. Me parecía que él sentía algo por ella, pero al final resultó ser un buen tipo, sobre todo porque me prestaba libros de policías recién publicados y las últimas revistas mexicanas, que eran muy populares. Teníamos crédito directo y lo más importante: podía leer tantas revistas como quisiera mientras esperaba a los clientes o atendía el negocio. Incluso hacíamos entregas a domicilio de los pedidos.
Con el tiempo, nuestro negocio se diversificó. Muchos clientes preferían leer las revistas en nuestra casa, así que la Abuelita decidió ofrecer cremas, velas, cuadernos y hostias con arequipe para que nuestros clientes pudieran comer mientras leían. Ella decía que la actividad mental produce hambre.
Nuestro negocio duró hasta que la televisión se puso de moda. La gente prefería ver programas como Animalandia con Pacheco y su mascota Coco, Operación Ja-Ja (que más tarde se llamaría Sábados Felices), La familia Ingalls, Lassie, El Hombre Nuclear y la Mujer Biónica, Los Picapiedras y el siempre perspicaz Coyote persiguiendo al Correcaminos, que le daba una paliza tras otra. También estaban las novelas con la llorona de Verónica, una señora muy guapa, y la Mujer Maravilla, que era maravillosa en todos los sentidos. A la Abuelita no se le escapaban las novelas nacionales con Ali Humar y Julio César Luna, sus actores favoritos. ¡Decía que eran unos papacitos!
Pero los tiempos cambian y las costumbres también. Aunque intentamos incursionar en el negocio de proyectar películas desde las 6:30 pm por 5 centavos hasta que saliera el mensaje institucional 'Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar', no funcionó tan bien.
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