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martes, 22 de febrero de 2011

QUIEN MATO AL SEÑOR MORE

¿Quién mató al señor Moré?
 ¡Yo maté al señor Moré!
 ¿Por qué mató al señor Moré?

Estas frases resonaban en la radio, indicándonos que era hora de reunirnos en familia alrededor del super-heterodino o radio, como se le llama ahora. Era una de las posesiones más preciadas de la Abuelita, ubicada en uno de los dos anaqueles de su cama blanca como novia. El otro estante estaba lleno de libros de cocina y el omnipresente "Médico del Hogar". En el centro, un camafeo del Divino "Hecce Homo" adornaba su lecho, figura que precedía todas sus oraciones. Aunque se declaraba atea, liberal y estrecha, nunca dejaba de rezar antes de acostarse, por si las moscas, decía ella. No quería hacer enemigos por doquier.

Esa cama era el lugar favorito de la familia, desde donde la Abuelita, como un trono, daba consejos, instruía y alimentaba su insaciable apetito de conocimiento a través de la lectura.

El caso es que al señor Moré, director de un colegio de adolescentes, lo mataron porque descubrió a uno de ellos alterando las notas de los exámenes. En su intento por evitar ser descubierto, le golpearon en la cabeza con un objeto contundente, causándole la muerte. Una muerte natural, podríamos decir, considerando el impacto recibido.

Estas y otras radionovelas, precursoras de las actuales telenovelas, como "La máscara de carne", una historia sobre un médico que descubrió el secreto de la eterna juventud al matar a jovencitas y hacerse un trasplante de piel, estaban en boga. Esta trama reflejaba la popularidad actual de la cirugía estética de rejuvenecimiento facial, aunque de una manera un tanto macabra, con muertes incluidas. Este famoso médico de la novela fue un precursor, innovador y visionario, podríamos decir.

"La Saltimbaqui" era como la versión de Romeo y Julieta en un circo, donde maltrataban a la protagonista por ser hija de un cirquero, mientras su enamorado, hijo de un acaudalado hombre de negocios, intentaba rescatarla y llevarla a su Romeo.

"Arandú" era un príncipe indio y su fiel Taolamba, envueltos en toda clase de peripecias, castigando a los villanos y rescatando a princesas en apuros en plena selva.

"El bucanero audaz" navegaba rápidamente por los mares en su barco persiguiendo tesoros y capturando barcos enemigos. Mientras tanto, su corazón era cautivado por una linda princesita acosada por los pretendientes disfrazados de príncipes.

Y cómo olvidar al archifamoso superhéroe de turbante blanco, con una impresionante esmeralda incrustada, quien se adentraba en los rincones más oscuros del mundo para descubrir el mal, siempre acompañado de su inseparable y pequeño amigo Solín, que tenía poca paciencia, según palabras de nuestro enigmático protagonista, KALIMAN, el hombre increíble. No puedo dejar pasar por alto el día en que este valeroso trotamundos llegó a Bogotá en busca del mal para erradicarlo. Hubiera sido divertido que su llegada se hubiera retrasado unos años, porque habría atrapado a un montón de malhechores, malísimos y requetemalos. Terminaba envuelto en cada aventura con mujeres hermosas.

La Abuelita nos contaba pacientemente y con todo detalle cada una de estas historias, respondiendo a las miles de preguntas que le hacíamos. ¿Qué es un saltimbanqui? ¿Cómo se ponía la máscara? ¿Tenía algún hilo detrás? ¿Cómo entraron los estudiantes al cuarto de calificaciones si estaba cerrado con llave? ¿Cómo podía Kaliman viajar en primera clase por todo el mundo sin trabajar, solo persiguiendo criminales? Estas y otras preguntas difíciles, sin duda, ponían a la Abuelita en aprietos, pero ella, con humor y sabiduría, respondía lo que sabía y se inventaba lo que no, ofreciendo explicaciones doctas sobre el asunto. Después de la novela, nos brindaba comentarios y anotaciones más sustanciosas que la misma historia. Además, nos compartía chistes, anécdotas y relatos complementarios sobre las novelas. En ocasiones, se animaba a contar historias sobre la Madre Monte, la Pata Sola, el Mohán, el Mangón Verde, el Chupasangre y otros mitos y leyendas de nuestra tierra.

Recuerdo un relato sobre una niña que, por envidia, fue tragada por la tierra y quedó encadenada con medio cuerpo fuera. Para evitar que se mojara, tuvieron que construirle un techo. Cuando alguien sentía envidia, se escuchaban las cadenas moverse a sus pies, y casi podíamos oírlas. No por envidioso, claro está, sino por lo realista de los relatos.

La Abuelita solía decir: "Deben saber, niños", mientras se acomodaba las gafas con su gesto típico, "que a mi papá, un personaje escrupuloso hasta la médula, le pasaba de todo". Relataba una anécdota en la que, durante la cena, se apagó el candil del comedor, ya que en esa época no existían bombillas como ahora, aclaraba. Contra su costumbre, mi abuelo continuó comiendo, pues tenía mucha hambre. Cuando la luz volvió, descubrió que tenía medio bocado en la boca: una cucaracha. "A los escrupulosos les pasa de todo", solía decir.

También contaba historias de su infancia, como aquella vez que la enviaron a la farmacia a comprar un remedio llamado "Zarza parrilla de Bristol". Durante todo el camino repetía el nombre, pero al llegar a la botica, le pidió al farmacéutico un frasco de "Salta pa' arriba un frisol". O aquella otra ocasión en la que la mandaron a lavar la loza, un término que significa lavar los platos y utensilios de cocina. Mientras lo hacía, se le rompió un vaso muy valioso para la madre de mi Abuelita. Ante el reclamo, ella respondió: "Yo no lo rompí, ¡ese vaso ya estaba podrido!".

Fueron muchas historias y chascos de la vida contados con todo detalle, como a la Abuelita le gustaba hacerlo. Sus relatos llenaron mi estómago de dulces y mi espíritu de añejas historias familiares.

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