Al reflexionar sobre el pasado, me parece que no hace mucho tiempo atrás caminé por las tierras Antioqueñas. Llegué en avión desde Cali con el propósito de estar con la familia de mi madre, según lo expresado por mi tía Amparo. Aunque había visitado este lugar en otras ocasiones, solo era un niño sin mucha conciencia. Sin embargo, esta vez era diferente. Aún puedo recordar cómo descendí del avión con un smoking a media pierna, completamente blanco y con un corbatín negro al estilo Valluno de aquel tiempo.
Estábamos a punto de llegar al aeropuerto Enrique Olaya Herrera en la ciudad de Medellín. Por favor, abróchense los cinturones de seguridad y enderecen sus respaldos, se escuchó a través de los altavoces. Un suave chirrido externo nos indicó que el avión había completado su aterrizaje.
En la sala de recepción del aeropuerto, un hombre muy elegante y sonriente agitaba la mano en mi dirección. Yo venía de la mano de una aero-moza, como solían llamarlas en aquel tiempo, quien seguramente se alegraba de deshacerse de ese niño curioso que se maravillaba con todos los instrumentos llenos de luces multicolores que parpadeaban y emitían suaves zumbidos de vez en cuando en la cabina del capitán.
Era mi tío Adolfo, conocido como León por todos, quien efusivamente me alzó en brazos y me dio la bienvenida a tierras paisas. No dejaba de hablar y mostrarme cada cosa que pensaba podría interesarme. Me ofreció velitas con coco, obleas y mango biche, pero estaba tan desconcertado por adentrarme en este nuevo mundo que no tenía mucho apetito. Agradecí su atención aceptando una "solterita" y nada más.
En el puesto de variedades del aeropuerto, mi tío me compró una carterita peluda y un pañuelito de rayas. Muy contento, me colocó la carterita peluda cruzada sobre mi pecho y colgó el pañuelito de mi hombro. Me dijo: "Ahora sí, mijo, pareces un paisa con el carriel y el poncho". Supongo que debía lucir bastante pintoresco con mi vestimenta Valluna complementada con los souvenirs que mi tío me regaló, como un caleño adaptado al estilo paisa. Me alegra que en aquel entonces aún no estuviera de moda llevar un collar de arepas.
Tomamos el autobús que nos llevaría a la casa de mis abuelos. Otro elemento colorido y ruidoso, que solo había visto de lejos en alguna ocasión, apareció ante mí. Mi tío explicaba cómo funcionaba y cómo la gente entraba y salía a la voz de "¡parada en la esquina!" y que me dijo le decían "chiva"
Sin muchos contratiempos, entramos a una casa no muy lujosa pero sí ordenada y limpia, con puertas azules y baldosas de colores vistosos. Tenía un techo alto con una fuerte viga de la cual pendía un columpio. Apenas entré, sentí cómo unas mujeres hermosas y alegres me levantaron en el aire, con un modo de hablar rápido y musical del que apenas comprendía la mitad. Alguien decía: "Esta es tu tía Lucero, esta es la tía Mary". Al fondo, detrás de una columna, una cabecita rubia con el dedo en la boca me miraba curiosa. Me atreví a preguntar: "¿Y ella?". Me respondieron: "Ella es la 'monita', es Marta Inés". Desde un lugar más adentro, una voz sonora dijo: "No enreden al niño, esa es Marta Elena. ¿Cómo estás, mijo? ¿Cómo te fue? ¿Estás cansado? ¿Quieres comer algo?". Me bombardearon con una ráfaga de palabras y no tuve tiempo de responder nada, cuando esa figura menuda pero ágil y fuerte se acercó a mí. Me sentaron en la mesa del comedor y dijo: "Este muchacho debe estar asfixiando con ese saco y corbatín. Vamos, muchachas, busquen algo más cómodo en la maleta, que esto es para asar a un cristiano". Fue mi primer encuentro con quien, a partir de ese momento, perdería su nombre de pila y se convertiría en "la Abuelita
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