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martes, 22 de febrero de 2011

EL SUSTO

En una noche invernal como pocas veces se había presenciado en la Bella Villa, relámpagos, rayos y centellas caían por todas partes. En la televisión anunciaban que las vías estaban bloqueadas debido a derrumbes. Una vecina había visitado la casa y hablado con la Abuelita, llorando desconsoladamente porque su padre había salido de Manizales hacia Medellín y no habían tenido noticias de él. Temían que algo terrible le hubiera ocurrido.

"No te preocupes, mijita, Dios lo protegerá", trataba de animarla la Abuelita.

Cada persona que entraba a la casa se quejaba del barro que las lluvias estaban causando. Mientras cenábamos, se escuchaban malas noticias de todas partes debido a la ola invernal, como decía el comentarista.

"Está lloviendo a cántaros", comentó la Abuelita, "y mañana tendremos que subir a arreglar las tejas del patio, porque se está filtrando agua en la sala".

Nos fuimos a dormir, ya que al día siguiente debíamos levantarnos temprano para cumplir con nuestras obligaciones diarias. Como todas las noches, la Abuelita tomó su libro de cabecera y se puso a leer. Yo no sé a qué hora me quedé dormido.

En medio de la noche, me desperté con una urgente necesidad de ir al baño. Para no despertar a nadie, decidí ir por el corredor a oscuras. Me senté en el inodoro con la puerta entreabierta, tratando de aprovechar la tenue luz de la luna que se filtraba. Estaba sumido en mis pensamientos, adormilado y escuchando el estruendo del cielo, cuando de repente la puerta del baño se abrió y la Abuelita se sentó sobre mí. Me sorprendió la situación, pero traté de salir de ella de la forma más airosa posible. Me ubiqué en sus posaderas y la levanté sin verle la cara, aunque me imagino que debió haber sido una expresión de terror total. Ella salió del baño como si el diablo la persiguiera.


Al día siguiente, mientras contaba su experiencia, la Abuelita se reía a carcajadas de cómo había aguantado las ganas de volver al baño por el susto que todavía no se le había pasado.

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