| DIA DE LAS MADRES Audio Relato (podcast) |
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Anna Reeves Jarvis hizo el primer llamado al Día de las Madres en 1858. Las mujeres desempeñaron un papel destacado en la lucha contra la esclavitud, la censura y en los esfuerzos de protección al consumidor, así como en la construcción del sistema de bienestar social. Ellas creían en su papel como madres, especialmente en actividades sociales y políticas.
Sin embargo, a medida que llegaba el final del siglo, el aumento de las actividades sociales y económicas de las mujeres más allá del hogar chocó con el crecimiento de la economía de consumo. Aunque lograron importantes reformas en la esfera pública, sus responsabilidades maternas y morales se privatizaron y se las asoció principalmente con su papel de agentes compradores de la familia. Parecía que el sentimentalismo en la maternidad iba de la mano con su trivialización.
El segundo domingo de mayo pasó de ser una celebración del esfuerzo de la mujer como madre, con todas sus implicaciones, a convertirse en una fiesta basada en quién compra más, quién regala más, siendo el mejor hijo, hermano, padre o esposo. Llegando incluso al punto en el que no era pecado tener dos mujeres, sino no poder mantenerlas a ambas con el mismo nivel económico.
El profesor Alfredo continuaba diciendo: "Bueno, niños, no olviden invitar a sus mamás a la reunión que el colegio va a hacer para agasajarlas en su día. Pregúntenles si pueden venir, ya que debemos hacer la lista y asegurarnos de que no falte nada ese día".
Llegó el día lunes y el profesor comenzó a hacer la lista de asistencia. Cuando llegó a mi nombre, me preguntó: "¿Y tu mamá va a venir?" Yo respondí: "Verá, don Alfredo, no pude preguntarle". Bajando un poco la voz, el profesor me dijo: "¿Cómo que no puedes preguntarle a tu mamá si puede venir a la reunión?" "Sí, profesor, es que ella no vive con nosotros y además vive muy lejos". "Ah, ya entiendo", dijo el profesor. "¿Puedo hacerte una pregunta, señor?" "Claro", respondió. "¿Podría invitar a mi abuelita? Es que ella es como mi mamá, ya que me crié con ella". El profesor sonrió, no puedo imaginar qué pensó, pero dijo en voz alta: "¡Pues claro que puedes traer a tu abuelita! Total, ella también es madre. Esta es una fiesta en su honor". Me puse colorado por la exposición, pero me alegré de que me diera su permiso para invitarla.
"Abuelita, el domingo es la celebración del Día de la Madre en el colegio. ¿Podrías ir y acompañarme ese día?" "Claro, mijo, cómo iba a faltar a algo tan importante", respondió mi abuelita. Me sentí muy contento, ya que el profesor no tenía problema y mi abuelita aceptó gustosamente.
Compramos unos zapatos nuevos y un vestido de flores muy bonito, y mi tía Lucero, que hacía de peluquera, la peinó y arregló para esa ocasión especial.
En el colegio, todos esperábamos en la entrada del salón y acompañábamos a nuestras madres como edecanes al lugar que se nos había asignado para la ocasión. Manteles blancos bordados con alegres pajaritos y pequeñas figuras de aves locas que querían volar, como dice la canción, decoraban los pupitres donde cada uno se sentó.
El rector pronunció unas palabras muy emotivas y el director del grupo también les dio la bienvenida y el reconocimiento por su labor como madres, pacientes y acompañantes de nosotros, los estudiantes. Todas se veían felices y muy orgullosas. Las palabras bien elegidas y apropiadas en poemas, canciones y dedicatorias hicieron que más de un ojo se llenara de lágrimas. Era un bonito espectáculo ver a todas estas señoras sentadas en nuestros pequeños pupitres como si fueran niños pequeños.
Una copa de champán y un trozo de torta negra acompañaron los regalos que se les entregaron. Los regalos fueron confeccionados amorosamente durante meses previos con palos de crema y Colbón para hacer una canastilla que llenamos de confites y golosinas con nuestros ahorros de la escuela y rifas.
Fue una labor larga, paciente y llena de amor. No fue fácil para un niño alinear los palos de paleta y darles forma, pero con la idea de que la canastilla debía quedar bonita y sólida para que pudiera servir como regalo y contener las golosinas que íbamos a ofrecer, hizo que el esfuerzo valiera la pena. Al final, las barnizamos, les pusimos un moño en la tapa y las envolvimos en papel celofán transparente, lo que hacía que parecieran pequeñas cestas.
Fue un día maravilloso del que todos hablamos. Durante el camino a casa, mi abuelita me dijo lo bonita que había sido la fiesta.
Es increíble cómo las cosas pequeñas y sencillas pueden llenar de alegría los corazones.
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