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martes, 22 de febrero de 2011

EL RAMO DE ROSAS

Se acerca el cumpleaños de mi primera novia, y me he dado cuenta de que las mujeres me resultan muy cercanas en este momento de mi vida. Entre tantas que pasan, al menos quiero tener una, una docena para mí solo. Sin embargo, mi Abuelita me dice que no sea avaricioso.

Porque los hombres de esta casa parecen no conformarse con solo una?. A eso se le llama "el vicio del bobo", se sonríe entre reproche y complacencia. Nuestra sociedad es bastante hipócrita en estos asuntos, y uno, inmerso en ella, termina siéndolo también. No está bien que otros intenten seducir a tus familiares, pero está bien visto que tu hijo sea un mujeriego. La ley del embudo, "Lo estrecho para ti y lo ancho para mí". Pero, ¿qué se le va a hacer? Así es como estamos.

Bueno, el caso es que estábamos haciendo los preparativos para la fiesta de los quince años. Porque, se me olvidó mencionar, no era un cumpleaños cualquiera, eran nada más y nada menos que los QUINCE, con mayúsculas. Era la vecinita del frente y la hermana de uno de mis mejores amigos, así que no podía conformarme con cualquier cosa. Tenía que conseguir un buen vestido para el baile del vals. Por supuesto, el señor Strauss estaba invitado. Él no es solo un vecino, sino el señor que tuvo la ocurrencia de inventar en Viena un baile que se baila con muchas campanillas y que en nuestra sociedad se convirtió en una obligación. El vals de la fiesta de los quince, donde casi nadie lo baila bien, pero a todos nos toca: padres, hermanos, novios o amigos. Nadie se escapa de entrar al ruedo en medio de cientos de ojos expectantes y sudar la gota gorda con el temor de pisarle el vestido a la quinceañera, que también está hecha un manojo de nervios. Y para empeorar las cosas, está usando un vestido largo por primera vez y zapatos de tacón alto, cuando hasta ahora solo había jugado con los tacones de su mamá al jugar con sus muñecas. Está tan maquillada que parece más un revocado que un maquillaje adecuado. Además, tiene el pelo todo engominado y tirante. Pero, a pesar de todo, está feliz. No sé si es por la fiesta en sí o porque por fin terminó con el suplicio de ocho días de ensayos de peinados, probándose ropa y lavándose la cara, además de aprender a caminar con los famosos zapatos. Pero me distraje pensando en los sentimientos de las quinceañeras, un tema del cual los hombres nunca entenderemos mucho, al igual que otros aspectos de las mujeres que alegran nuestras vidas.

Bueno, volviendo al tema, a diferencia de ellas, lo nuestro era más sencillo: un buen vestido que ya había sido elegido, con unos zapatos de plataforma nuevos y un traje estilo bota campana. Salimos corriendo, mis amigos y yo, a la floristería "Jardín Kerledy". Después de todo, cualquier ramo de quinceañera respetable debería ser de allí. Fui a que me prepararan el ramo, ya que no podía llegar a la fiesta sin él. Era un elemento indispensable y como novio, tenía la responsabilidad de proporcionarlo sin falta. Después de mirar y mirar catálogos interminables, ya estaba todo decidido: un hermoso ramo de rosas.

La cumpleañera no merecía menos. Recuerden que los vecinos estaban al acecho. Cuando me entregaron la cuenta, casi me da un síncope. Ahí se quedaron todos mis ahorros. Pero finalmente, el trato se cerró y a más tardar a las 4:00 pm, el ramo debería estar en su casa.

Me apresuré a probarme el traje estilo bota campana, para asegurarme de que no surgieran contratiempos de última hora que me impidieran usarlo a las 4:00 pm. Justo cuando llegó el mensajero con el ramo, casi me desmayo. Era un miserable ramito de rosas rojas, casi marchitas, en un jarroncito que más parecía un vaso de agua. ¡Qué desastre de ramo! El famoso catálogo me hizo caer en el famoso dicho de mi tierra: "El que mucho escoge, lo peor se lleva".

Mis amigos me miraron sorprendidos y quedaron bien grabados en mis pupilas para siempre. Nadie podía creer lo que veían. Pero ya estaba hecho y había que aceptarlo. Nos dijimos: "Bueno, lo importante es la intención", tratando de paliar el momento incómodo.

Todos nos fuimos a vestir, pero no muy contentos, especialmente yo, el desafortunado. La verdad es que el entusiasmo se desvaneció por completo. Lo único que no quería era hacer el ridículo en esa fiesta. Pero como dicen, "al mal tiempo, buena cara". Así que me presenté en el lugar como un perro apaleado. Cuando mi suegra se acercó a mí, me felicitó y me dijo: "Te luciste, qué bonito regalo". Y no solo fue uno, sino dos. "Debes estar muy enamorado", dijo para toda la concurrencia. Todos me miraron sonrientes. Luego se acercó mi cuñado y exclamó: "¡Wow! Hermano, eres un genio. 

Qué detalle, con la cerecita encima". Yo no salía de mi asombro. ¿Qué estaba pasando? En ese momento, mi novia llegó y me dio un tremendo beso frente a todos. 

"Gracias, tus regalos son hermosos", me dijo. Yo estaba perplejo. Me tomó de la mano y me llevó junto al pastel. Había un ramo gigantesco que parecía ocupar media sala. El pequeño ramito estaba a un lado. En letras grandes se podía leer la dedicatoria: "El pequeño es como se ve mi corazón cuando no estás, y este es como me veo cuando estás junto a mí". ¡Vaya! Pensé para mí mismo. ¡Qué inspirado! ¿Pero qué había pasado? A través de la ventana de la sala de la casa de mi novia, vi a mis amigos, a mi tía Lucero y a un amigo levantando la mano en señal de victoria a mi abuelita. Parecía como si hubieran ganado el Tour de Francia, aunque no ganaron ninguna competencia, pero definitivamente conquistaron mi corazón. ¡Vaya abuelita que tengo!, pensé.iera, eran nada más y nada menos que los QUINCE, con mayúsculas. Era la vecinita del frente y la hermana de uno de mis mejores amigos, así que no podía conformarme con cualquier cosa. Tenía que conseguir un buen vestido para el baile del vals. Por supuesto, el señor Strauss estaba invitado. Él no es solo un vecino, sino el señor que tuvo la ocurrencia de inventar en Viena un baile que se baila con muchas campanillas y que en nuestra sociedad se convirtió en una obligación. El vals de la fiesta de los quince, donde casi nadie lo baila bien, pero a todos nos toca: padres, hermanos, novios o amigos. Nadie se escapa de entrar al ruedo en medio de cientos de ojos expectantes y sudar la gota gorda con el temor de pisarle el vestido a la quinceañera, que también está hecha un manojo de nervios. Y para empeorar las cosas, está usando un vestido largo por primera vez y zapatos de tacón alto, cuando hasta ahora solo había jugado con los tacones de su mamá al jugar con sus muñecas. Está tan maquillada que parece más un revocado que un maquillaje adecuado. Además, tiene el pelo todo engominado y tirante. Pero, a pesar de todo, está feliz. No sé si es por la fiesta en sí o porque por fin terminó con el suplicio de ocho días de ensayos de peinados, probándose ropa y lavándose la cara, además de aprender a caminar con los famosos zapatos. Pero me distraje pensando en los sentimientos de las quinceañeras, un tema del cual los hombres nunca entenderemos mucho, al igual que otros aspectos de las mujeres que alegran nuestras vidas.

Bueno, volviendo al tema, a diferencia de ellas, lo nuestro era más sencillo: un buen vestido que ya había sido elegido, con unos zapatos de plataforma nuevos y un traje estilo bota campana. Salimos corriendo, mis amigos y yo, a la floristería "Jardín Kerledy". Después de todo, cualquier ramo de quinceañera respetable debería ser de allí. Fui a que me prepararan el ramo, ya que no podía llegar a la fiesta sin él. Era un elemento indispensable y como novio, tenía la responsabilidad de proporcionarlo sin falta. Después de mirar y mirar catálogos interminables, ya estaba todo decidido: un hermoso ramo de rosas.

La cumpleañera no merecía menos. Recuerden que los vecinos estaban al acecho. Cuando me entregaron la cuenta, casi me da un síncope. Ahí se quedaron todos mis ahorros. Pero finalmente, el trato se cerró y a más tardar a las 4:00 pm, el ramo debería estar en su casa.

Me apresuré a probarme el traje estilo bota campana, para asegurarme de que no surgieran contratiempos de última hora que me impidieran usarlo a las 4:00 pm. Justo cuando llegó el mensajero con el ramo, casi me desmayo. Era un miserable ramito de rosas rojas, casi marchitas, en un jarroncito que más parecía un vaso de agua. ¡Qué desastre de ramo! El famoso catálogo me hizo caer en el famoso dicho de mi tierra: "El que mucho escoge, lo peor se lleva".

Mis amigos me miraron sorprendidos y quedaron bien grabados en mis pupilas para siempre. Nadie podía creer lo que veían. Pero ya estaba hecho y había que aceptarlo. Nos dijimos: "Bueno, lo importante es la intención", tratando de paliar el momento incómodo.

Todos nos fuimos a vestir, pero no muy contentos, especialmente yo, el desafortunado. La verdad es que el entusiasmo se desvaneció por completo. Lo único que no quería era hacer el ridículo en esa fiesta. Pero como dicen, "al mal tiempo, buena cara". Así que me presenté en el lugar como un perro apaleado. Cuando mi suegra se acercó a mí, me felicitó y me dijo: "Te luciste, qué bonito regalo". Y no solo fue uno, sino dos. "Debes estar muy enamorado", dijo para toda la concurrencia. 

Todos me miraron sonrientes. Luego se acercó mi cuñado y exclamó: "¡Wow! Hermano, eres un genio. Qué detalle, con la cerecita encima".

 Yo no salía de mi asombro. ¿Qué estaba pasando? En ese momento, mi novia llegó y me dio un tremendo beso frente a todos. "Gracias, tus regalos son hermosos", me dijo. Yo estaba perplejo. Me tomó de la mano y me llevó junto al pastel. 

Había un ramo gigantesco que parecía ocupar media sala. El pequeño ramito estaba a un lado. En letras grandes se podía leer la dedicatoria: "El pequeño es como se ve mi corazón cuando no estás, y este es como me veo cuando estás junto a mí".

 ¡Vaya! Pensé para mí mismo. ¡Qué inspirado! ¿Pero qué había pasado? A través de la ventana de la sala de la casa de mi novia, vi a mis amigos, a mi tía Lucero y a un amigo levantando la mano en señal de victoria a mi abuelita.

Parecía como si hubieran ganado el Tour de Francia, aunque no ganaron ninguna competencia, pero definitivamente conquistaron mi corazón. ¡Vaya abuelita que tengo!, pensé.


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