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martes, 22 de febrero de 2011

SEÑOR



Desde luego, no siempre iba a ser un niño, y tuve mi primer encuentro con la cruda realidad del mundo cuando, mientras deambulaba por la calle, un niño se me acercó y con timbre aflautado me preguntó: "Señor, por favor, ¿me dice qué hora es?"

"¡Señor, señor!", qué palabra tan rara sonó en mis oídos. Como una flecha, regresé a casa y me paré frente al espejo del baño, pasando horas mirándome. No notaba ningún cambio significativo desde la última vez que me vi en el espejo, hace apenas dos horas. Pero algo había cambiado. En algún momento, dejé atrás mi niñez y me convertí en un señor. Tenía la sensación de que alguien me había robado algo.

En casa, seguía siendo el "niño" o "ñoni", como cariñosamente me llamaban mis tíos. Pero en la calle, era otra historia. Sentía en el aire vientos de cambio. Abajo, Duvalier asesinaba al pueblo haitiano, mientras el líder africano Idi Ami Da Da se deshacía de sus enemigos políticos. No es una metáfora ni una figura literaria. "Let It Be" y "Yesterday" ocupaban los primeros lugares en las listas de éxitos musicales, mientras el campeón de peso pesado perdía su corona, no en el ring, sino en los tribunales, ya que Muhammad Ali desafió al tío Sam y se negó rotundamente a participar en la masacre colectiva que fue la guerra de Vietnam, una guerra en la que nadie entendía qué estaba pasando en Estados Unidos. Pero aquí, por estos lares, el Che Guevara se paseaba incentivando revoluciones y terminó perdiendo la vida como mártir de la revolución en Bolivia, mientras Fidel Castro, traicionando al Che, se afianzaba en Cuba y la CIA urdía planes para sacarlo del medio de manera clandestina. "Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando", decía el gaucho Piero, riéndose del chicle y de los estadounidenses. Roberto Carlos paseaba un gato azul en "mi cacharrito" a una velocidad de 10 millas por hora, y mientras tanto, un león andaba suelto buscando novia. Brother Loui le guiñaba un ojo confianzudo a La Tormenta, enamorada del chico de mi barrio, mientras Oscar Golden le daba esquinazo al cacique y le robaba a la cautiva. "La negra grande", decía. "Yo me llamo cumbia". Los abuelos nos contaban que en el Cesar navegaba la piragua de Guillermo Cubillos, mientras todos nos rascábamos por las hormigas en los pantalones. Los hippies se lucían en junio en Ancón Norte, con el patrocinio de la caverna de Carolo. Vestirse como Adán y Eva se convirtió en el último grito de la moda. La gente fumaba hierba para estar a la moda y mascar una flor. La banda del marciano rompía guitarras desenfrenadamente en el escenario, al ritmo de Black Sabbath y su "Rat Salad", todo aderezado con el incomparable solo de guitarra de Carlos Santana en "Samba pa' ti". Y el movimiento feminista le quitó los pantalones al patriarcado mundial, demostrando que ellas también los podían llevar muy bien.

No sé si fue un despertar o una toma de conciencia, pero de repente sentí que salía de la rutina cansina y confortable en la que vivía para adentrarme en un mundo desbocado, lleno de cambios y luces multicolores.

Para no desentonar, decidí contemporizar con lo que sucedía a mi alrededor. Empecé por cortarme el cabello estilo "cepillo", luego dejé crecer tímidamente las patillas y finalmente adopté un afro descarado. Mi familia, lejos de reprocharme algo, me apoyó plenamente. Mi mamá y mis tías, alcahuetas como siempre, me enviaban la ropa más vistosa y llamativa: camisas muy floridas, una de color amarillo llena de flecos que parecía un pollito, que lucía con pantalones fluorescentes azules. El conjunto impresionaba a todos, dejando boquiabiertos a mis amigos y provocando miradas de desaprobación de los padres de ellos. Si no fuera por el hecho de que soy muy serio, esos padres les habrían prohibido ser amigos míos.

Los pantalones con parches y los "west back" dominaban mi vestuario. Tenía varias camisas muy coloridas y una chaqueta verde en la que se leía en grandes letras "TE AMO", adornada con los símbolos universales de "peace and love".

Mi abuelita también había cambiado su atuendo habitual de falda a media pierna, que le sentaba muy bien, por un pantalón. Ya no se lo quitaba bajo el pretexto de que "el frío en las piernas me mata". Creo que una vez que se dio cuenta de que podía llevar pantalones, no quiso volver a usar faldas. Pero en aquellos tiempos, no era común ver a una abuelita tan inusual en cada esquina. Su figura se hizo muy popular y, como toda su vida, demostró que las cosas se demuestran con hechos y no solo con palabras. 

Con esta decisión, desató más de una polémica, ya que se declaraba liberal en hogares donde las señoras aplaudían tímidamente y la imitaban, a regañadientes de sus esposos, que veían en ese acto un desagradable cambio del statu quo.

A estas alturas, no importa mucho si lo hizo por comodidad o convicción, lo cierto es que cambió la forma de vestir y pensar de muchas personas en nuestro entorno. Con ese simple gesto, demostró que una sola golondrina puede hacer verano

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