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martes, 22 de febrero de 2011

LA ESCALERA

LA ESCALERA Audio Relato (Podcast)
La Navidad está llegando y en la radio, como es costumbre en estas fechas, se escucha música alegre, villancicos y canciones navideñas que resuenan a todo volumen. En nuestra casa y en todo el barrio se respira el espíritu navideño. El año escolar ha quedado atrás y todos estamos felices. En las familias se discuten los planes para la Nochebuena: algunas se asocian para preparar diferentes platos, mientras que otras prefieren encargarse por sí mismas. Pero para todos, es un momento de alegría y buenos deseos.

En esta época, también recibimos llamadas de parientes lejanos para saber si vendrán a pasar la Navidad con nosotros. Es un momento en el que muchas personas buscan oportunidades en los Estados Unidos, lo que llamábamos "ir por el hueco", algo que despertaba nuestra curiosidad e imaginación. 

Aunque no comprendíamos del todo las implicaciones, sabíamos que era una situación complicada y que quienes se iban por ese camino no podrían estar con nosotros durante la Navidad. En nuestra casa, también teníamos a alguien en los Estados Unidos, pero desconocíamos si había viajado por "el hueco" o no. Para la abuelita, era motivo de tristeza que la tía Amparo, a quien cariñosamente llamábamos "la palillo", no pudiera estar con nosotros en estas fechas. La abuelita solía sentarse en un sillón de la sala esperando noticias de la tía a través de las cartas del cartero o de una llamada telefónica en el único teléfono del barrio.

A pesar de la espera, los preparativos navideños no se detenían. Teníamos que ir al monte a cortar el árbol de Navidad, que solía ser un guayabo. La tía Lucero y el tío Vladimir se encargaban de esta tarea, y para nosotros, los niños, era una emocionante aventura. Podíamos pescar buchonas en los ríos, recolectar moras y guayabas de los árboles e incluso trepar a los mangos.

Una vez seleccionado el árbol, lo llevábamos a casa sobre los hombros del tío Vladimir, como si estuviéramos cargando la cruz de Cristo cuesta abajo. En el centro de la sala, lo colocábamos en un tarro lleno de arena y lo envolvíamos en tiras de algodón hasta que quedaba completamente blanco. Luego, el tío León llegaba del trabajo y comenzaban a aparecer guirnaldas de colores y bolas navideñas que parecían manzanas. Todos en la familia las colgábamos con orgullo. Por último, se agregaban luces de Navidad, un toque alegre y moderno que el tío León había conseguido en "Guayaco" a través de un amigo.

La tía Marta Elena, a quien todos llamaban "La Mona", y yo armábamos un pequeño pesebre en el que no faltaban ovejas más grandes que la casa, soldados de la Segunda Guerra Mundial, pastores de Belén, carros lecheros y un pequeño oso verde que le había regalado, aunque de forma poco legal, pero que le encantaba. Era hora de esperar la llegada de la "Cana", quien había dicho que estaría presente en esta Navidad y traería regalos para todos, como si fuera Santa Claus. Con mucha emoción y en orden, nos dirigíamos al puente para recibirla.

En casa, el tema principal era la tristeza de Amparo por estar sola allá. Sin embargo, mi mamá la consolaba y decía: "No te preocupes, mamá, ella es fuerte y le irá bien". Mientras tanto, en la cocina, el pavo pedía ser rellenado y todos nos preparábamos para cocinar los deliciosos platos navideños. A mí me asignaban la tarea de moler el maíz para hacer la natilla, y así me quedaba atrapado en el molino mientras "La Mona" preparaba bolitas de buñuelo. Entre risas, música en la radio y alegría con los fuegos artificiales, la Navidad se llenaba de magia.

De repente, la tía Mary entró como una Magdalena acompañada de varios vecinos. Resulta que un chico que estaba encendiendo fuegos artificiales le lanzó una bengala que cayó justo en las botas prestadas que mi mamá acababa de prestarle. Las botas no sobrevivieron, pero afortunadamente, las quemaduras en los pies de la tía Mary fueron leves. Siempre ha sido complicado lidiar con los fuegos artificiales. Este incidente me hizo recordar cuando uno de los amigos del barrio, apodado "el tanque", encontró un cartucho de dinamita. No sabemos de dónde lo sacó, pero lo metió en una lata grande de galletas y lo encendió. La explosión lanzó fragmentos metálicos hacia al menos media docena de niños que jugaban fútbol cerca, y al propio artífice de tan "ingenioso" artefacto le golpeó la tapa en el estómago. Por suerte, nadie murió, pero la explosión fue tan fuerte que se escuchó y sacudió las construcciones en varios kilómetros a la redonda.

Finalmente, las viandas estaban servidas en la mesa del comedor. Algunos, como mi mamá y mi abuelita, comían de pie, una costumbre arraigada en la vida de la abuelita. No recuerdo haberla visto nunca comer sentada. Las bromas y las preguntas sobre qué estábamos pidiendo al Niño Dios se sucedían. La vecina que venía a dejar un plato de manjar blanco nos deseaba bendiciones y que nuestros deseos se cumplieran. Luego, era hora de que los niños nos fuéramos a dormir y esperáramos la llegada del Niño Dios.

Las luces estaban apagadas y se hablaba en susurros. "Niño, ya es hora de dormir", me decía "La Mona". Aunque no fuera cierto, decía que estaba esperando ver si podía ver al Niño Dios bajar del cielo. "Mira, hasta puso una escalera", me señalaba hacia la ventana que daba al patio exterior. Por no contradecirla, la abuelita me había dicho una vez,"Que tú no veas algo no quiere decir que otros no puedan verlo", entonces yo decía que veía la famosa escalera que el Niño Dios había dejado para bajar y repartir los regalos.

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