Los gritos de nuestro amigo Armando, el hijo de doña Dora, resonaban por todo el barrio, pidiendo clemencia: 'No más, por favor, no más'. Era una escena que se repetía religiosamente todas las tardes, cuando su padre le propinaba severas palizas, según afirmaba el tío Vladimir. Este último tenía un fuerte resentimiento hacia el señor y aprovechaba cada oportunidad para hacerle sentir su desprecio, escupiendo al suelo cuando pasaba, una muestra de su desaprobación preferida. Incluso a doña Dora, el tío la ignoraba por completo, y en una ocasión la escuché decir: 'Son tal para cual, ese desgraciado abusador y esta estúpida no defiende a sus propios hijos'.
En aquel entonces, los derechos de los niños y adolescentes no estaban de moda, y los padres eran como dioses en casa. Nadie osaba alzar la voz en presencia de los mayores. 'Si vuelves a contestar, te volteo el mascadero pa' el otro lado', era la frase que todos los adultos utilizaban cuando alguien se atrevía a cuestionar una orden o dar una explicación. Se partía del supuesto de que los adultos eran sabios y no se equivocaban, y que querían lo mejor para uno, aunque a veces nosotros, los hijos tontos, no lográbamos ver la mejora en las cosas.
Las madres pasaban todo el día en casa, ocupadas con los quehaceres domésticos, como planchar, barrer, lavar y cocinar. Esos oficios se transmitían de madres a hijas como si fuera una tradición secreta, mientras los padres salían a trabajar. Por las noches, los padres escuchaban las quejas de las madres y desempeñaban su papel más importante en la relación con los hijos, como había predicho la madre de antemano: 'Esta noche, cuando papá llegue, le cuento para que arregle las cosas'. Por supuesto, las cosas se resolvían fácilmente: papá llegaba, agarraba el cinturón, propinaba unos cuantos latigazos y decía: 'Si vuelves a hacerlo, te arranco la piel a correazos' u otras frases de similar naturaleza que no auguraban nada bueno. Claro, no todos eran abusadores como el papá de Armando, pero eran otros tiempos, donde frases como 'la letra con sangre entra' se aceptaban sin mucho cuestionamiento, siempre y cuando no te estuvieran golpeando todos los días como hacía el padre de Armando.
Un día, cuando era adolescente, hablando con la abuelita y recordando un encuentro que tuve con Armando, surgieron los episodios con el vecino del frente. Ella me dijo: 'Hijo, la verdad es que nunca estuve de acuerdo con la forma en que don Javier maltrataba a sus hijos, pero no sé si las cosas están mejorando ahora. Veo a jóvenes enfrentándose a sus padres, amenazando a los profesores, consumiendo drogas en las esquinas y nadie puede decirles nada sin meterse en un problema. La policía no sabe qué hacer, parece que las cosas se están saliendo de control. Creo que la sociedad necesita replantearse cuestiones tan fundamentales como el origen de la autoridad. Desde mi punto de vista, las familias están dejando que esta recaiga en el Estado a través de leyes y decretos, o incluso en los centros educativos.
Los padres sienten que han perdido toda fuerza moral debido a la presión social y al sentimiento de culpa por no prestar suficiente atención a sus hijos. En lugar de llenar ese vacío con disciplina y amor, lo están haciendo con regalos ostentosos e inútiles. Al final, creo que vamos a terminar con los hijos demandando a sus padres por corregirlos'. Parecía que la abuelita tenía dotes de pitonisa."
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