Pequeñas cosas pueden afectarte de por vida", solía decir mi abuelita. Cuando tienes cierto poder, es crucial ser cuidadoso al hablar con alguien que te ve como superior. Estas personas son muy sensibles a la actitud y las palabras de aquellos a quienes consideran superiores, ya sea por su posición como empleadores, personas respetadas por su carácter o riquezas. La verdad es que todos somos más o menos sensibles a esta actitud, y una palabra bien dicha puede elevar nuestro ego a distancias astronómicas y motivarnos, mientras que un gesto inapropiado puede hundirnos en un abismo de rencor y rabia. Puede parecer exagerado, pero la gran verdad es que el espíritu humano es esencialmente frágil.
Como personas, atesoramos recuerdos, algunos buenos y otros malos. Estos recuerdos, al fin y al cabo, nos moldean como individuos. Hoy en día, está de moda decir que no debemos vivir mirando constantemente hacia atrás, ya que eso nos impedirá avanzar. Nos dicen que no debemos estar siempre prevenidos por las cosas que ocurrieron en el pasado. Sin embargo, ¿somos realmente capaces de hacerlo? ¿Podemos vivir como si nunca hubiera pasado nada, especialmente cuando esas experiencias nos han herido? Recordar dónde y quién nos hizo daño no es necesariamente parte del aprendizaje.
Algunos argumentan que si una persona olvida su pasado, está condenada a repetir los mismos errores en el futuro. Pero también están las cosas buenas, y a todos nos gusta recordarlas y buscar repetir esas experiencias placenteras. Nos quedamos añorando a las personas, los momentos y las cosas que creemos que han sido logros o importantes en nuestra búsqueda de realización. Al final, ¿qué somos sino nuestros recuerdos y anhelos?
Tengo en mi memoria un momento que me produce una sensación muy bonita y un sentimiento de alegría intensa. Fue un regalo que mi abuelita me dio sin que mediara ningún motivo especial. Ese regalo en particular se convirtió en algo muy especial entre los muchos que me dio. Era un día cualquiera, yo entraba corriendo a su habitación blanca para tomar agua o hacer alguna otra cosa. Ella me miró, me hizo una señal cariñosa, limpió el sudor de mi frente y me dijo: "Siéntate un momentito a mi lado". Luego se levantó, abrió un gran escaparate de madera brillante que tenía en su habitación y sacó una pequeña caja de peluche rojo. La abrió y de ella extrajo un anillo de oro con la imagen de un indio piel roja grabada en él. Lentamente, me lo colocó en el dedo anular derecho sin decir una palabra y me dijo: "Ve, sigue jugando".
No podía creerlo. Un anillo de oro para mí, grande, reluciente, y yo no había hecho nada para ganármelo. Me parecía que ese indio piel roja debía ser visible desde kilómetros en mi mano. El anillo brillaba de tal manera que todos deberían darse cuenta de que YO TENÍA UN ANILLO DE ORO, un regalo de mi abuelita Eso debía ser obvio. Bueno, la verdad es que, aparte de mí, nadie se dio cuenta de mi hermoso anillo, pero lo que sí puedo decir es que mi ego creció varios centímetros en esos días y no me cambiaba por nadie.
No recuerdo qué pasó con el anillo, pero es evidente que ese pequeño objeto marcó mi vida de una forma que nunca se perderá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario