La tía Mary se casa y a nosotros, los niños, se nos hace un nudo en la garganta, ya que ella era nuestra defensora contra los ataques de la malvada bañadora.
La iglesia está llena de flores y llega el novio, Ramiro, un hombre bien presentado. Aunque no era una estampa perfecta, se mantenía impecable. Ni un cabello fuera de lugar, nunca parecía desaliñado ni siquiera cuando usaba overol.
La novia camina radiante y hermosa, como dice la canción. Claro que en este caso está radiante, pero no de blanco, ya que la tía Mary decidió usar un vestido elegante pero práctico, perfecto para su nuevo viaje en la vida.
La ceremonia concluyó y el sacerdote los declaró marido y mujer.
Después de un tiempo prudente, nació el niño. ¡Ya nació el niño! Teníamos un nuevo miembro de la familia entre nuestros brazos, al cual bautizamos como Fabian pero la abuelita llamaba Fabiancio. Por alguna razón, como mencioné anteriormente, la abuelita sentía una inclinación patológica por cambiar los nombres de las personas, y esta no fue la excepción. Delgado y moreno, ella lo llamaba Cuervo. "Cuervo", era su apellido paterno, el cual parecía mucho a su padre.
La familia estaba feliz con el nuevo acontecimiento. Hacía muchos años que no se escuchaba el llanto de un niño en la casa, ni nadie sabía ya cómo cambiar pañales o preparar biberones. Pero todos fuimos invitados a prestar atención al recién llegado, mientras el niño de la casa ya tenía barba, es decir, yo.
Para ser justos, en realidad había otro, Juan Carlos, hijo del tío León, que se habían llevado a los Estados Unidos cuando era apenas un bebé y no habíamos tenido la oportunidad de conocerlo. Luego nació "Alvarito", pero era aún más difícil de conocer, ya que nació como ciudadano estadounidense y ni siquiera conocíamos su cabello. Hasta que un día, aparecieron en nuestra casa, su madre muy elegante y bien arreglada, con un peinado impresionante que habría dejado en envidia a los peluqueros más atrevidos de nuestra época.
Conocíamos a Nury, la mamá de los gringuitos, un poco por los tiempos en el barrio Kennedy, donde le puso una zancadilla al tío León y se quedó con su soltería.
Los nietos gringos hicieron su debut oficial en la familia, pero no se les entendía ni una palabra de lo que decían en su espanglish, destrozando el idioma de Cervantes.
La abuelita disfrutaba mucho de expresiones como "la blanca casita", "el tomate de salsa" y "el azul pantalón". Estoy seguro de que si el Quijote los hubiera escuchado, habría dejado a su Dulcinea con los pelos de punta y se habría olvidado de los molinos de viento.
"Fabiancio" no parecía un Cuervo, más bien parecía un murciélago con el radar fallando. No había puerta ni pared contra la cual no se golpeara. Una vez, cuando apenas soltaba su lengua, me dijo: "Tío, no me di duro", y tenía un chichón en la cabeza que parecía un cuerno. La abuelita le ponía hielo antes de que llegara su madre y lo viera con otro chichón en la cabeza.
Pasaba los días en las faldas de la abuelita, acompañándola en sus tareas y disfrutando de las visitas al gallinero, donde creo que las gallinas disfrutaban más persiguiéndolo por todo el patio.
Los días pasaron y nació "Juliancio", hermano de Fabiancio, un chico vivaracho y despierto. Con una sonrisa de oreja a oreja y mucho carisma, rápidamente se ganó el afecto de los mayores. El tiempo pasó y los dos nietos crecieron lenta pero seguramente. Un día cualquiera escuché a la abuelita decir: "Ese mocoso no crece como debería, además está muy amarillo".
La abuelita habló con mi mamá y le dijo: "Creo que deberíamos llevarlo al doctor Bocanegra, que es un pediatra muy prestigioso y además es amigo mío. Él nos dirá qué le pasa al chico". Así que viajamos con Juliancio a la casa de mi mamá y le hicieron los exámenes necesarios. Resultó ser un problema renal, según tengo entendido. Le mandaron medicamentos como para surtir una farmacia, esperemos que eso funcione, dijo mi mamá. Gracias a Dios, funcionó, de lo contrario, pregúntenselo a algunos de los "Army de la USA".
"Julian, Fabian, ¿dónde están metidos estos traviesos?", gritaba la tía Mary. Porque para hablar fuerte, ella no necesita compañía. Desde aquí se puede escuchar a Mary llamando a los niños, aunque vivan a una cuadra más abajo. Si sigue así, los dejará sordos.
Ya habían pasado los días en los que se arrastraban por el suelo y se golpeaban contra todo. Eran niños sanos que disfrutaban chutando el balón en el parque municipal. La abuelita los miraba en la puerta de la casa, en silencio pero con esa expresión que muestran las personas preocupadas por lo que el futuro les depara y la satisfacción de ver a su familia crecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario