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martes, 22 de febrero de 2011

EL MALOSO

En todas las épocas y en cada rincón del mundo, la diversidad de personas y personalidades crea un mosaico continuo en la vida, donde solo la tolerancia y el respeto por las ideas y comportamientos humanos nos pueden llevar adelante.

Cuando la intolerancia se impone, las guerras por ideales sirven a intereses egoístas, y cada individuo interpreta los hechos, circunstancias y escritos según su conveniencia, tergiversando cada palabra y convenciendo a otros de ser los poseedores de la verdad revelada. Últimamente, se ha utilizado una palabra para describir este comportamiento: doxa, un término acuñado por Parménides hace muchos siglos y posteriormente utilizado por Platón para referirse al conocimiento engañoso asociado a la imaginación, la fe o las creencias, en contraposición al episteme o conocimiento científico. En la actualidad, algunos autores se atribuyen esta palabra, atrayendo seguidores que la utilizan como una bandera para demostrar su gran cultura.

Siempre ha habido personas que piensan, manipulan y utilizan a otros, así como personas que disfrutan siendo manipuladas por comodidad, falta de personalidad o simple ignorancia. El hecho innegable es que, como decía la Abuelita, si en un momento Dios decidiera que todos fueran iguales en riqueza pero mantuvieran su forma de ser, estoy segura de que en tan solo quince días volveríamos a tener ricos y pobres. Mientras algunos verían esta igualdad como una oportunidad para enriquecerse administrando los bienes de otros a cambio de una cuota mensual cómoda, otros se dedicarían a pasear por lugares donde nunca habían estado o a comprar cosas para sí mismos y sus hijos que nunca habían tenido. En cuestión de un año, todo volvería a ser igual que ahora, o quizás peor.

En nuestro barrio, también había representantes de toda la gama de la humanidad, con virtudes y defectos. Estaban la chica bonita y la fea, el señor rico y el que aparentaba serlo, el trabajador incansable, el honesto, el tendero, los muchachos traviesos y los responsables, el trabajador al que nunca le faltaban problemas y el avaro del que recuerdo los chistes que se hacían en su honor. Se cuenta que una vez un atracador se le acercó de manera intimidante y le dijo: "El dinero o la vida". Y él respondió: "¡La vida!, porque el dinero lo necesito". Claramente, este personaje era el maloso del barrio, un individuo intimidante y pendenciero que pasaba más tiempo en la cárcel que en su casa debido a pequeños delitos como atracos y robos.

La Abuelita solía decirme: "Niño, en la vida debes aprender a ser amable, considerado y cortés con todas las personas. No necesitas ser amigo de todos, ya que los verdaderos amigos son pocos, pero una persona respetuosa generalmente será respetada. Nunca sabes cuándo en tu vida puede ser más útil el apoyo del malo del pueblo que el del bueno, porque este último puede no estar presente o no atreverse a alzar la voz en tu nombre. Mientras tanto, el malo puede fácilmente decir: 'Dejen a ese hombre, es un bacan'. Este simple hecho puede salvarte la vida. Un buen truco es poder identificar qué tipo de malo es y utilizar ese conocimiento en tu beneficio".

Pienso, decía, que hay tres tipos de personas malas: los que saben que son malos y hacen maldades (estos son peligrosos pero conocidos por todos), los buenos que de vez en cuando hacen maldades (en esta categoría estamos casi todos) y los más peligrosos de todos, los malos que hacen maldades y creen que son buenos. Ahí es donde entra un Hitler. Si no eres una buena persona, finge serlo, nadie notará la diferencia.

Mi tío Vladimir, aprovechando las visitas de las chicas guapas del barrio a nuestro lugar de alquiler de revistas, donde disfrutaban de las novelas románticas y de los chicos atractivos de las mismas, trataba de seducir a "La Rosario". En aquellos tiempos, no se decía Pedro, Juan o Diego, sino "El Pedro", "El Juan" o "El Diego", y, por supuesto, "La Rosario", "La Carmen" y "La Amparo".

"La Rosario" era la hermana del maloso del barrio, "El Fabián", quien era amigo inseparable de los malos del oeste, como se hacían llamar. Este grupo estaba formado por "El Mao", "El Nene", "El Babel" y "Pintuco". Estos chicos caminaban con actitud desafiante, los tenis doblados y un cuchillo escondido en el brazo como si estuviera enyesado. Eran trabajadores poco honestos que fumaban chirusa y eran perseguidos por Juan sin Miedo, el paladín de la justicia que nunca falta. Este sargento de policía había tomado como lema el eslogan de la radionovela "La ley contra el hampa": "Donde aparece el delito, la justicia vigila implacablemente". Y, en efecto, Juan era implacable, habiéndole disparado en varias ocasiones a estos malosos, incluso una vez hiriendo al Nene en las posaderas mientras huía, dejándolo sin poder sentarse durante al menos un mes.

Los chicos del barrio nos reuníamos en la punta del oeste, a pesar de los regaños y advertencias de nuestros mayores, para escuchar las hazañas rocambolescas de los malos. Es bien sabido que a los jóvenes les gusta más este tipo de personas perversas y sus historias que las que pudiera contar el señor de la esquina, sentado en su mecedora mientras acaricia su abultada barriga de siete meses de embarazo.

Bueno, empezaba a decir "El Fabián", en la cárcel las cosas son diferentes, allí la moral y las leyes se crean según las circunstancias, y lo que dicen la Biblia o la Constitución tienen poco o nada que ver. Por ejemplo, decía mientras daba una calada a su cigarrillo de marihuana, si un preso le quita los zapatos a otro preso, el primero se los había robado legalmente. Como les decía, las cosas son muy, pero muy distintas dentro de la cárcel, sin importar cuánto se esfuercen las instituciones con sus principios rígidos y sus grandilocuentes palabras.

Volviendo a lo que les quería contar sobre mi tío, él se las arreglaba para encontrarse con "La Rosario". Y una vez que estaban acurrucándose en el corredor de la casa de ella, llega "El Fabián" y los pilla infraganti. Con su peculiar filosofía de vida, le dice a mi tío con su voz de malviviente:

"Mi hermana es muy decente, puedes besarla, prestarmé 20 pesos.

Interés, ¿cuánto valés?", dice el adagio popular.

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