| LA Elefante de Chocolat Audio Relatom (podcast) |
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Los días transcurrían lentos pero seguros, como decía la Abuelita. Lo que comenzó como un viaje de vacaciones, para mí se convirtió en una estadía permanente. Supongo que ese era el plan desde el principio, aunque yo no tenía forma de saberlo. La nostalgia por mi casa, mi tía Amparo con su vestido de lunares y los chapuzones en el club campestre de Cali, mi madre con sus grandes gafas negras, donde unos hombres elegantes atendían a las hermosas señoras, todo eso se iba desvaneciendo en simples recuerdos.
Pero del lado de "La Mona" y nuestras aventuras diarias, el vacío se hacía más llevadero. Los regaños de la Abuelita a mi tío León por su falta de decisión con su novia Amalia, creo que así se llamaba, mientras sus ojos se desviaban hacia otras chicas bonitas del barrio y sus alrededores, todo eso tenía su gracia. Mi tío se sentaba en la puerta de la casa, poniendo a todo volumen en un tocadiscos marca Philips la "cinta verde" y escuchando los tangos de moda junto a mi tío Vladimir. "Porque un hombre para ser hombre no debe ser delator", decían las letras de la canción. La Abuelita desde la cocina le pedía a Vladimir que apagara ese cigarrillo, o era que se creía un malevo sin tacha, como el tango que estaba escuchando. León se reía y le decía a Vladimir: "Hazle caso a la vieja, apaga esa cusca".
Luego llegaba mi tío Gonzalo, el hermano de la Abuelita y tío de mis otros tíos, con dos elefantes de chocolate en las manos al bajarse de su jeep Wallis. Uno tenía una cinta roja y el otro una cinta azul. El elefante rojo era para "La Mona" y el otro para mí.
Coloqué el mío encima de la radio y empecé a examinarlo detenidamente. Era asombrosamente parecido a uno real, ¿no crees, hijo?, decía la Abuelita. Parecía que en cualquier momento iba a moverse. Mientras tanto, "La Mona" salió a la calle con su elefante y en un instante estalló la tercera guerra mundial. La puerta temblaba por los golpes, se oían gritos y llantos. Habían matado el elefante de chocolate de la "La Mona". Matilde, la hija pecosa de don Paulino, le había metido el dedo y hecho un agujero en toda la barriga del elefante. La niña estaba inconsolable, con la cara lavada en lágrimas y sosteniendo su elefante como si fuera una mascota agonizante. Decía: "La pecosa le metió el dedo, la pecosa le metió el dedo".
Yo, intentando ser caballeroso, me acerqué y le dije: "Pero si es solo un pequeño agujero, no vale la pena. Dame el tuyo y llévate este". Y así me gané el pase directo a la cocina de la Abuelita, quien estaba haciendo hojaldres para atender a las visitas. Como dicen, las buenas acciones tienen su recompensa, y así aprendemos pequeñas lecciones de vida.
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