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martes, 22 de febrero de 2011

DE COMPRAS

Mi mamá siempre le gustaba estar bien vestida, como ella misma decía: "Uno puede ser muy feo, pero no tiene por qué ayudarse a verse peor". Recuerdo cuando la abuelita le decía, "Mija, ¿cuándo estará lista?". Y desde su habitación, mientras se arreglaba, me respondía: "Ya casi, mamá, ya casi. Es que no he podido abrir el neceser donde tengo los cosméticos. Alguien me cambió la clave". Yo fingía desinterés, aunque en realidad fui yo quien había intentado descifrar la famosa clave, curioso por saber cómo funcionaba. Mi abuelita decía entre risas: "Este niño desarma un balín".

Entonces, uno de mis tíos se acercó y ofreció ayudar: "Pase pa'ca, yo se lo abro". Con una horquilla de cabello, violó la alta seguridad del neceser con su clave de cuatro dígitos.

Finalmente, listos para salir a la calle, mi mamá dijo: "Tenemos que ir primero a las tiendas de autos a buscar el parabrisas del carro de Gilberto, porque se lo rompí de una pedrada". Mi abuelita la miró sorprendida y preguntó cómo había sucedido eso. Mi mamá explicó: "Estaba en el 'Destapado' con una vieja y lo llamé. Él hizo como si no me oyera, así que le lancé una piedra. No le di a él, sino al parabrisas del carro. Ahora no lo podemos encontrar por ninguna parte. Hemos buscado en Cali, Bogotá, y ahora solo nos queda esperar a ver si lo encontramos aquí".

Tomamos un taxi, a pesar de que a mi mamá no le gustaban los buses. Según ella, en los buses siempre se monta mucha gente, te tocan y es incómodo estar con tacones.

Recorrimos todas las tiendas de autos en busca del parabrisas. Después de varias llamadas, finalmente encontramos una opción: "Mire señora, nosotros no los tenemos en existencia, pero podemos pedirlo desde Panamá. Si nos cancela el 50% por anticipado, lo traemos y se lo instalamos cuando llegue". Después de concretar el negocio, mi mamá exclamó: "Estamos 'casos'", haciendo referencia a que todo estaba solucionado.

Continuamos con nuestras compras, explorando las tiendas de ropa y calzado para damas. Mi mamá entraba en cada tienda, se probaba todo, pero al final salía sin comprar nada. Ahora llaman a este comportamiento "loliar". Según dicen, mi mamá y mi abuelita eran muy buenas en eso, les encantaba mirar en las vitrinas y comparar precios. A veces, sentía que se confabulaban contra los vendedores para hacerlos enojar y sacarlos de sus casillas, solo por diversión. Cuando el vendedor estaba a punto de explotar, mi mamá decía: "Más vale y miramos este" y señalaba la primera prenda que había visto. Luego, mi abuelita le sonreía pícaramente y ambas se reían a carcajadas. Yo nunca entendí muy bien la gracia de todo eso.

La vergüenza ajena que sentí en aquellos momentos aún deja cicatrices en mi memoria, y me niego rotundamente a acompañar a alguien a "loliar", incluso si esa persona es mi esposa o mis hijas.

En medio de nuestras compras, decidimos tomar un descanso en Versalles, un lugar famoso por sus deliciosos buñuelos. A mí me encantaba porque además de los buñuelos, tenían una banana split exquisita que disfrutábamos todos. Mi abuelita, a pesar de no ser muy golosa, no perdía la oportunidad de comer unas deliciosas milhojas con leche. Por otro lado, mi mamá, que siempre se cuidaba con la dieta y decía que estaba pasando hambre, no dejaba de disfrutar de unas roscas con arequipe.

De regreso a casa, pasamos por el famoso edificio del Ave María. Mi mamá preguntó: "¿Por qué lo llaman así?". Mi abuelita respondió: "Mija, como es tan alto, cada vez que alguien se para abajo y mira hacia arriba, exclama 'Ave María, ¡qué edificio tan grande!'". Por eso, al edificio Coltejer lo llamaron el edificio del Ave María.

En nuestro paseo, un admirador improvisado le dijo a mi abulita: "Oiga suegra, cuídeme a la Mona". Ella, con su caminar provocativo y su vestimenta vistosa, junto con sus elegantes piernas en zapatos de tacón impresionantemente altos (no sé cómo las mujeres mantienen el equilibrio en ellos), atraía miradas y cumplidos por doquier. Mi abuelita hacía gestos de disgusto, pero luego ambas se reían de los piropos, ya fueran hermosos y elegantes o simplemente vulgares. Mi mamá, como cualquier mujer hermosa, no podía evitar sentirse halagada, aunque no lo demostrara. Yo lo sabía, después de todo, ella era la autora de mi existencia. Pero esta conducta femenina siempre será un misterio para mí. Se visten y se arreglan para lucir hermosas, pero si las miras fijamente, se vuelven serias, frías y distantes. Nunca podré entenderlas del todo...

En una tienda, mientras mi mamá compraba, nos ofrecieron pagar con tarjeta de crédito. La secretaria solicitó las referencias en las oficinas del banco, mientras el dependiente, orgulloso, sacaba la máquina para llenar el voucher Para entretener a las señoras durante el proceso, él decía: "Esto no demora nada", es lo {ultimo en tecnología 

Salimos del almacén cargados de paquetes y era hora de regresar a casa. Fueron momentos inolvidables en los que mi abuelita y mi mamá compartieron no solo como madre e hija, sino como un par de amigas. 

Sus travesuras y su gusto por las compras fortalecían su vínculo, dejando a los hombres como yo al margen de un evento que no comprendemos del todo y solo podemos refunfuñar.

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