Javier le decía a la Abuelita que la situación estaba muy difícil. Necesitábamos encontrar alguna forma de obtener dinero extra. Pensamos en varias opciones, como armar carretes de nylon para una empresa vecina o ayudar a clasificar chatarra industrial como modernos recicladores. Sin embargo, el desorden y los malos olores nos disuadieron de esta última opción.
Un día, Javier entró a la casa emocionado con una idea. 'Ya lo tengo, ya lo tengo', exclamó. La Abuelita, confundida, le preguntó qué sucedía. Javier explicó que había encontrado el negocio perfecto para emprender. Resulta que él trabajaba en la industria del calzado, y en ese momento estaba de moda utilizar pieles finas para los acabados de los zapatos de mujer.
La Abuelita no entendía cómo podríamos involucrarnos en ese negocio. Javier le explicó que podíamos montar una curtiembre, desde el criadero hasta la entrega de las pieles. Ya había hablado con alguien dispuesto a comprarnos todas las pieles que produjéramos.
La Abuelita, intrigada, preguntó qué necesitaríamos. Javier le dio los detalles en voz baja, como si fuera un secreto. Después de escuchar, la Abuelita dijo decidida: 'El que no arriesga un huevo no tiene un pollo. Hagámoslo y veamos cómo nos va. Es hora de empezar'.
La Abuelita no era de las personas que dilataban las cosas. Les pidió a Vladimir y a los niños que limpiaran el patio trasero, donde montaríamos nuestro nuevo negocio.
Limpiaron a fondo el piso, deshierbaron y colocaron las bases para la futura Curtimbrería Inés. Luego llegaron montones de canecas de cartón, las desarmamos y las utilizamos para hacer un piso en las jaulas que albergarían a nuestros futuros inquilinos. Cortamos unos maderos para hacer las patas y rodeamos todo con alambre de púas. Preparamos tres jaulas grandes y solo faltaba llenarlas con los huéspedes.
Llegaron cajas de cartón llenas de conejitos de colores blanco, gris y café. Una niña vecina estaba emocionada al verlos y pidió llevarse uno. La Abuelita permitió que los llevara a las jaulas, pero le advirtió que tuviera cuidado, ya que los conejos podrían morderla si se asustaban. Los conejos fueron colocados en las jaulas con agua, zanahorias y forraje, y quedaron cómodamente instalados.
La Abuelita les recordó a todos que debíamos lavar bien las jaulas, ya que los conejos podían tener piojos. Si se rascaban demasiado, podrían dañarse la piel y ya no serían valiosos para su venta. Javier y la Abuelita habían estudiado todo lo relacionado con la cría de conejos y se encargaron de cuidarlos meticulosamente.
Durante la crianza de los conejos, la Abuelita estuvo pendiente de cada detalle, desde la alimentación hasta la limpieza de las jaulas. En una ocasión, resbaló y cayó en el patio debido al lodo. En lugar de ayudarla, 'La Mona', quien estaba cerca, no pudo evitar reír. Eso causó un distanciamiento entre ellas durante ocho días, en los cuales 'La Mona' se convirtió en enemiga de la Abuelita. Durante ese tiempo, la Abuelita tuvo que guardar reposo en la cama debido al golpe.
Sin embargo, ningún sacrificio era suficiente para sacar adelante nuestro proyecto de negocios. La Abuelita no se dejaba amedrentar por una simple caída y retomó su rutina de cuidado de los conejitos.
Los conejos crecieron y comenzaron a reproducirse. Cuando tuvimos una gran cantidad de ellos, Javier propuso sacrificarlos, quitarles la piel y venderla. Aunque la matanza de los conejos resultó ser una tarea difícil y desagradable, finalmente logramos obtener las pieles. Después de quitarles las pieles, las clavamos en tablas y las aseguramos con puntillas para dejarlas secar al sol y que se curtieran correctamente. Nuestra casa quedó cubierta de piel de conejo.
Ahora nos preguntábamos qué hacer con todos estos conejos. La Abuelita sugirió que los comiéramos para aprovechar su valioso valor proteínico. Comimos conejo hasta que ya no queríamos ver ni pieles ni conejos en nuestra casa o en el vecindario. El negocio de cría de conejos no resultó ser tan bueno como esperábamos. Se reproducían a gran velocidad y amenazaban los cimientos de nuestra casa y la de los vecinos.
La Abuelita tuvo que pedir ayuda a la sociedad protectora de animales para deshacernos de ellos. El negocio de la cría de conejos llegó a su fin.
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