En el suelo, cada uno con un trozo de tiza o teja, trazábamos en la calle un croquis de lo que sería la ruta más empinada y tortuosa de la Vuelta a Colombia. No podían faltar las pronunciadas cuestas, los estrechos recovecos y los desafiantes descensos, premios de montaña y metas volantes donde se disputarían con ardor y valentía los honores. Y, por supuesto, un bonito estadio donde estaría la línea de meta.
Los creadores de la obra ya teníamos preparado el lugar donde se decidiría quién era el mejor corredor, solo faltaban las bicicletas de juguete. Para ello, improvisábamos con tapas de gaseosa rellenas de cera de vela o plastilina, utilizando las más finas. Además, utilizábamos un vidrio sacado del fondo de una botella de cerveza o, preferiblemente, de una Castalia, un elegante envase con tonalidades verdosas que marcaba la diferencia en las carreteras. Ahora debíamos encontrar un número en el calendario o en las páginas del periódico que nos distinguiera de los demás corredores y, de preferencia, que correspondiera al número de los ídolos del momento. La lucha por quedarse con el número preferido era intensa, todos lanzaban monedas, jugaban a piedra, papel o tijera, cualquier método valía para resolver este importante asunto. Una vez en posesión del número de tu ídolo, todos adoptábamos sobrenombres llamativos como Martín Emilio "Cochise" Rodríguez, "El Ñato" Javier Suárez, Carlos "La Bruja" Montoya, Efraín "El Zipa" Forero, Mario "Papaya" Vanegas, Álvaro "El Cóndor" Pachón. Ya teníamos nuestras camisetas en nuestras bicicletas de juguete, las cuales terminábamos con esmero y buen gusto. Derretíamos la cera sobre la tapa, colocábamos el número y sobre este colocábamos el vidrio de colores que le daba personalidad a la bicicleta. Luego, con una piedra de amolar o frotándolas contra el suelo, pulíamos las tapas para que perdieran cualquier rastro de la marca original y lucieran un brillante color plateado.
Estábamos listos para empezar en la línea de salida, cada competidor en su puesto asignado. Con tres toques por turno, debíamos evitar salir de la carretera para no ser penalizados, ni caer en un bache estratégicamente ubicado en el punto más difícil del trazado, donde dependiendo de la penalización, podías ser eliminado. Mientras escuchábamos en las radios de transistores "Cómo va la vuelta", en la voz del viejo y querido Julio Arrastía Brica y de Carlos Arturo Rueda C., avanzábamos por el circuito entre disputas y peleas. En medio del bullicio, se destacaba un grito: "¡Oye tú! ¿Acaso te crees listo? ¡Detente ahí, amigo, te vi robando terreno!". Cada corredor levantaba la voz tratando de superar a los demás. Después de esta intensa lucha, acalorados pero satisfechos, la competencia llegaba a su fin.
Desde el corredor donde mi abuelita observaba a los esforzados participantes, me acercaba a ella. En esa ocasión, estaba acompañada por una linda señora de la cual no recuerdo el nombre. Mi abuelita decía: "Este es mi nieto. Y, por supuesto, como soy un niño mayor y crecido, me ponía rojo como un tomate mientras la señora acariciaba mi cabeza. Escuché a mi abuelita decir, como quien no quiere la cosa: "Sí, él ha crecido mucho y le va bien en la escuela, pero lástima que le gusta decir tantas palabrotas". Sentí una vergüenza tan grande que deseé desaparecer, mi rostro pasó de rojo a pálido y me recorrió un sudor frío por todo el cuerpo. Fue una gran pena pasar por esa situación ante esa señora. A partir de ese momento, tuve mucho cuidado de no soltar ninguna palabrota, o al menos no hacerlo donde mi abuelita pudiera escucharla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario