Nuestra tierra está repleta de bellezas femeninas, imponentes montañas, valles que se extienden más allá de la vista, selvas tropicales, ríos caudalosos, desiertos y mares.
Posee una variedad de peces, una fauna silvestre rica en bio-diversidad, así como metales preciosos, esmeraldas, petróleo y una amplia gama de cultivos exóticos y clásicos.
En resumen, es una tierra generosa y próspera que bien podría llamarse 'Abundancia', ya que Dios la dotó de riquezas y recursos en abundancia.
Sin embargo, tristemente debo admitir que sus gobernantes, en lugar de protegerla y valorarla, la han vendido o malvendido, incluso llegando al extremo de empeñarla junto con sus habitantes.
Han abusado de ella en todas las formas posibles, convirtiéndola en un terreno fértil para guerras internas que han teñido su suelo con la sangre de sus hijos, lágrimas y dolor durante años. En pocas palabras, todo lo que Dios concedió en abundancia a esta tierra, sus dirigentes lo han malgastado y han demostrado una miopía e incapacidad lamentables.
En la mayoría de los casos, solo han pensado en su propio beneficio, lo que ha obligado a muchos de los hijos de esta tierra a buscar justicia y mejores oportunidades en otros lugares para ellos mismos y sus familias. Nuestra tierra no ha brindado ni brinda suficientes oportunidades de empleo, lo que ha llevado a la separación de las familias y al deterioro de la sociedad a medida que perdemos uno a uno los brazos y las mentes que son el motor que impulsa nuestro país.
Se han convertido en lo que se conoce como 'cerebros fugados', contribuyendo al estancamiento y oscurantismo de nuestro país durante muchos años, volviéndolo vulnerable a propuestas de dinero fácil y actividades ilícitas, ya que la gente sufre físicamente de hambre.
Esta situación aberrante ha dado lugar a toda clase de problemas, incluso a nivel internacional, debido a la cantidad de inmigrantes legales e ilegales que han llamado la atención de las autoridades de Estados Unidos.
En el seno de esa sociedad también ha surgido un rechazo hacia las personas de nuestro país.
Aunque la mayoría de nuestros compatriotas son buenos, como ocurre en todas partes, siempre hay algunos que manchan nuestra reputación.
Como decía la Abuelita, "siempre hay alguien que se caga en la batica de cuadros".
Lamentablemente, los justos pagan por los pecadores, convirtiendo ese potencial paraíso en un infierno "Hecho en Estados Unidos" para muchos.
Permítanme citar textualmente las palabras de alguien que vivió esto en carne propia:
Tía: "A veces parece que el destino nos empuja con manos invisibles hacia lugares a los que no queremos ir.
No es fácil sobrevivir en un país extranjero sin conocer el idioma y sin apoyo. Sé que ya no podría hacerlo de la misma manera, eso está claro para mí. A pesar de que es nuestra tierra, no nos brinda oportunidades.
Cuando empezábamos a integrarnos en una sociedad hostil, especialmente las mujeres, teníamos que acostarnos con cualquiera que nos diera trabajo, aunque fuéramos competentes en nuestras labores. Perdí trabajos porque no accedía a los avances de los jefes.
¿Y luego qué? La angustia de una madre al saber que no tendría dinero para el próximo mes.
Si los profesionales se sienten frustrados, imagínense cómo se siente alguien que no ve un futuro claro, solo la misma rutina sin perspectivas, con la posibilidad de tener muchos hijos porque eso es lo que se espera de una mujer para "cumplir" con su esposo, las costumbres y la sociedad patriarcal.
En mi época, no había oportunidad de casarme porque era considerada demasiado "liberal", como decían mis futuras suegras. Intenté mejorar el futuro de más de un ciudadano a través de la política, pensando que así podría hacer algo bueno. Pero al final, siento que hemos sido engañados, como si tuviéramos un velo en los ojos que no nos permite ver otras opciones.
Ahora entiendo que son etapas que debemos vivir y que algo tienen que enseñarnos. No es fácil atravesarlas, pero amargamente veo cómo muchas cosas pasan en nuestras vidas y en la vida de las personas que amamos.
A veces pienso que entiendo por qué la gente quiere irse de este mundo a otro lugar en la vida. Creo que debemos enfrentar la vida día a día, ya que a veces no podemos cambiar las cosas que nos rodean.
Nuestra familia también se vio abocada a esta situación. Primero fue mi tía Amparo, luego mi tío León y su familia, 'La Mona' y Mary.
La Abuelita lloraba por semanas con cada partida, buscando consuelo y refugio en las cartas que llegaban religiosamente cada cierto tiempo. La Abuelita las leía y releía una y otra vez, llenando sus ojos de nostalgia al ver las fotos del novio de mi tía.
Decía en voz baja: 'Ya no es de aquí. Si se casa allá, la perderemos'.
Con dedicación, se sentaba en el comedor de la casa a responder esas cartas. Eran extensas, de dos o tres hojas por ambos lados, con una letra grande y pulida, como me enseñaron las monjitas decía.
Al finalizar, cerraba el sobre y nos asegurábamos de escribir la complicada dirección en los Estados Unidos.
Ella advertía: 'Cuidado, no crucen el palito del siete, porque esos gringos no sabrán hacia dónde va la carta y se perderá'.
Nunca supimos el contenido de las cartas, pero al final terminé creyendo que todas traían malas noticias, ya que siempre causaban mucho llanto.
Aunque sabía que también había unos dolaritos dentro de ellas, ya que las casas de cambio no estaban de moda en aquellos años.
La llegada de las cartas era un contraste agridulce.
Así nos enterábamos de que mi tía se casó, se separó, volvió a casarse; mi tío León tuvo su segundo hijo (bueno, en realidad su esposa lo tuvo); las altas y bajas de cada uno; 'El tío está trabajando', 'El tío consiguió una panadería', 'La tía compró una casa nueva', 'La Mona está causando problemas y la tía ya no puede soportarla'. 'La Mona' volvió a Estados Unidos, 'La Mona' se casó con un americano, la tía decidió tener un hijo y 'La Mona' también.
Todo esto desfilaba por nuestras vidas como en una película en la que, lamentablemente, nunca fuimos parte.
Ni ellos de nosotros, ni nosotros de ellos. Como dicen, ojos que no ven, corazón que no siente. Lentamente, en nuestro caso y en el de la mayoría de las familias en nuestro país, nos encontrábamos rodeados de familiares desconocidos, mantenidos a través de noticias telegráficas y fotografías, pero desconocidos al fin y al cabo.
Poco a poco nuestro país se fue internacionalizando a la fuerza, ya que era difícil que una familia no tuviera al menos a un miembro al otro lado del charco.
Las direcciones de Estados Unidos eran más conocidas que las de nuestro propio país. Todos se quejaban de que trabajaban como mulas en trabajos que los americanos no querían, como lavar inodoros.
Pero la diferencia, decían algunos, era que allá uno lavaba inodoros y comía comida, mientras que aquí uno no lavaba inodoros pero comía mierda.
Así, lentamente, nuestros compatriotas comenzaron a sentirse más cómodos en Estados Unidos que en Colombia, y obtener la ciudadanía estadounidense y la Green Card se convirtió en el máximo logro y realización personal.
Una frase célebre comenzó a resonar: 'Uno tiene que estar donde está el dinero'. En algún momento, la Abuelita expresó:
'Colombia se convirtió en una tierra que no es ni chicha ni limoná'.
Y explicaba esta frase de la siguiente manera: Mucha gente recibe abusos del Tío Sam, pero muchas familias viven gracias a lo que el Tío Sam les da.
La situación es contradictoria pero real".
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